martes, 15 de mayo de 2018

El elevador

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog envían crónicas sobre la primera vez. Y en este caso la última ¿este relato es una fantasía o es físicamente posible realizar un coito en un elevador. Se valora su descalificación.




El elevador
Por Fernanda

Fue una combinación de muchas cosas, numerosos factores permitieron que yo terminara haciendo el amor con un desconocido en un elevador. El primer factor fue el edificio más alto de Puebla y que fueran casi las doce de la noche; el segundo que yo llevara el vestido anaranjado de falda tableada, y nada por debajo de él; el tercer factor, que verdaderamente me gustaba ese muchacho que había visto muchas veces, precisamente en el elevador; su olor siempre sugerente y su mirada siempre entretenida a la altura de mi pecho, a veces en mi pelo, en el reflejo de las paredes cristalinas del elevador. Y mi sonrisa, claro, siempre le sonreí.

Un detalle importante que también contribuyó al hecho que nunca más voy a repetir en mi vida, fue el cansancio de un empleo monótono y rutinario que al final de la semana terminaba robotizándome. Ese viernes, mi jefe por fin aceptó que yo era humana y merecía un descanso luego de catorce horas de trabajo continuo y me dijo que podía marcharme. Habitualmente pensaba que yo era una máquina.

Estaba borracha de fatiga, lo vi como si fuera mi abuelito jodiendo el punto de mis faldas cortas o el profesor Ramírez repitiendo su canción favorita de que debemos leer más. Pero bueno, me podía ir. Apagué la compu, cerré mis cajones y en el pasillo solitario me acordé que había olvidado ponerme las pantaletas que me había quitado desde la mañana porque ya no las aguantaba. Me reí pícara mientras los numeritos del elevador iban indicando su ascenso hasta el Penthouse. Antes de llegar, el elevador se detuvo en el piso inferior. No sé por qué pensé en ese muchacho guapo y en cierta forma deseé que fuera él quien había abordado el pequeño elevador. Sentía que venía encabronada. Contrólate, Fer, me dije apretando las piernas en el momento mismo en que sonó la campanita.

¡Ting…!

Se abrieron las puertas y lo primero que vi fue una medallita de oro en su pecho, tal vez era de San Antonio –el santo del amor– porque yo casi me lancé a sus brazos. Fue así porque me tropecé y porque iba mareada de cansancio, además de una extraña, mágica, tortuosa calentura que me llegó no sé de dónde, como una luz cegadora y asfixiante.

Él me cachó antes de que rodara por el suelo del elevador e hizo el esfuerzo de levantarme. Apenas, pues, porque mis cuarenta y cinco kilos no significaron nada para sus setenta bien ganados kilos de músculos y callos y sudor… ¿Callos? Es extraño, recuerdo sus callos raspando mis muslos como garras. El breve rectángulo para máximo ocho personas partió hacia su destino en la planta baja y fue un aliciente más para que yo flotara literalmente por el espacio, en parte por la fuerza de la gravedad y en parte por los fuertes brazos del hombre que me sostenía con habilidad, como si estuviera acostumbrado a amar mujeres en los elevadores. 

Es un recuerdo celestial en la media luz del elevador y los reflejos dorados de sus paredes; mi piel y mi vestido anaranjado se reflejaban como por secciones; brazos, zapatos, piernas y la medallita del que creo que era San Antonio brincando sobre su pecho firme y velludo. También los numeritos luminosos de los pisos que descendían a escasa velocidad, como si alguien los hubiera programado para bajar despacio, lentamente, suave, delicioso… 17, 16…

No puedo afirmar que las personas que salieron de ese elevador en la planta baja iban correcta y completamente vestidas. De ninguna manera. Lo que sí puedo decir es que de algún modo salimos cada quién con su ropa, él con su saco y su corbata que desde el principio llevaba en la mano, yo con mi vestido anaranjado algo húmedo de mi propio sudor y quizás otras evanescencias, pero completo. La pérdida fue un arete que de un vistazo no pude hallar.

Salimos del elevador con prisas. Él se despidió con un correcto: Buenas noches y yo con una leve sonrisita de chica educada y sensible. Adiós, le dije con la mente, a sabiendas de que nunca más lo volvería a ver, por lo menos en ese lugar. El trabajo no me gustaba, era muy matado, así que aproveché para no regresar. Esa es mi historia, son cosas que le suceden a la gente una vez en la vida, no hubo una sola palabra, no hubo acuerdos, ni gestos, ni compromisos de ninguna especie. No hubo mentiras. Nadie planeó nada, por eso fue mágico y maravilloso; tanto, que a veces me pregunto si en verdad ocurrió. Solo yo lo sé. (Y él)

Ilustración Malú Méndez Lavielle



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lunes, 14 de mayo de 2018

Paseo Bravo

Crónica de un ligue es el concurso apócrifo donde lectores de un blog escriben sobre encuentros amorosos. Una colección de amantes que indagan sobre el fenómeno de la exposición de intimidades; la revelación, a veces tardía, de situaciones ineludibles como que un día te levantas y le confiesas a tu imagen en el espejo: soy gay. Que un hombre se enamore de otro hombre ¡qué novedad!



Paseo Bravo
L.G.M.

No sé si usted se atreva a publicar esta crónica, pero por lo que he visto tiene apertura de criterio en cuanto al tema de la elección sexual. Y bueno, hace muy poco yo mismo me hubiera escandalizado –quizás– con temas como el amor entre dos seres del mismo género en la mismísima Puebla del verbo encarnado y las once mil imágenes. Mi mamá y mis tías, si dejaran de ver un rato las telenovelas estarían santiguándose como beatas en misa dominical. En fin, no tengo nada contra la iglesia y yo mismo soy mocho cuando me conviene. Habrían de ver los sustos que pasa uno, como el que me ocurrió ese domingo en pleno mediodía del Paseo Bravo, cuando además de encontrar a Enrique me encontré a mí mismo. Mucho gusto, me dije, soy fulano de tal, un muchacho asustado que no quería reconocer que las hermosas mujeres no le interesaban en absoluto, que en realidad estaba viviendo una vida de mentiras. Y lo peor es que no le mentía a mi familia o a la sociedad ¡me mentía a mí mismo!, engañaba al hombre que veo en el espejo, el que quiere ser contador y que en sus peores tribulaciones fue boxeador, judoca y cualquier ejercicio que me permitiera acariciar, así fuera salvajemente, a otro hombre. Pero qué digo acariciar, tremendas madrizas que me llevé en el torneo de los guantes de oro.

Pero espérate tantito, quiero que me entiendas. No soy ningún masoquista que quiera que le estén dando golpizas, es que no había otra forma de tener contacto con muchachos porque yo mismo no sabía que me gustaban tanto o que los deseaba ¡no lo sabía!, pero a la hora de golpearlos, de abrazarlos, de hacerles sufrir un poquito era algo que simplemente me hacía volar. No puedo explicarlo de otra forma, porque no creas que me excitaba en medio de un round ¡ya parece que me fuera a excitar! Si te descuidas un poquito te rompen toda tu madre. No, yo boxeaba bien, gané seis peleas y perdí dos. Lo que sucede es que después de la pelea me sentía feliz. No sabía por qué. Aunque un día comencé a sospecharlo.

A mí nunca me ha gustado que me mangoneen, por eso me peleaba tanto en la primaria, ya en secundaria muy pocos muchachos me buscaban ruido. Y los que me buscaron me encontraron. Como no soy amanerado, les gusto a las muchachas. Qué bueno, a mí me gusta gustarles, y de hecho he tenido novias, y de algunas estuve en verdad enamorado. O uno cree que ese es el amor (¡no tenía ni idea!), quién sabe si por las películas o porque el mundo en verdad te exige que seas de determinada forma, pero el hecho es que yo me enamoraba, andábamos varios meses y luego rompíamos con unos dramones. Un día de este mismo año hasta lloré porque mi novia me dejó por otro. Me daban ganas de ir a romperle la cara al otro mono,
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Afortunadamente no lo hice. Gracias a Enrique no lo hice, porque cuando estaba preparando un plan para toparme con ese amigo, de preferencia sin Fabiola, a quien me topé fue a Enrique, que estaba como esperando un galgo en la 11 sur del Paseo Bravo, y yo me puse a verlo porque él me estaba viendo con sus ojos de gato y su sonrisita rebosante de picardía. Nomás viendo. No sé por qué no me ofendí con el sujeto que me estaba viendo tan descaradamente. ¿Qué me ves, güey?, le hubiera dicho en cualquier otro momento, pero simplemente no me atreví, porque su mirada no era agresiva, ni insolente (bueno, un poquito), era como si estuviera jugando conmigo, como si me conociera de años. Me acerqué y me le quedé viendo con cara de chiste y él se rio; los dos nos reímos y desde entonces nos hemos estado riendo como tontitos. Tres meses después no entiendo la vida sin él, mi vida no significaría nada sin él. Por primera vez en la vida he sabido lo que es el verdadero amor, la necesidad de amar, el ansia y el deseo de que él esté siempre a mi lado. Me ayudó a salir del clóset o como se diga ¿qué importa eso? Lo que importa es la felicidad.

Ilustración Malú Méndez Lavielle

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lunes, 7 de mayo de 2018

El primer beso



Crónica de un ligue es un concurso apócrifo donde presuntos lectores de un blog escriben sobre un encuentro amoroso. Una colección de amantes que ofrece al lector una visión multipolar sobre el mismo y antiguo asunto del amor.


El primer beso
R.M.

Han pasado muchos años pero no olvidaré nunca la noche de mi primer beso. Creo que a todos les pasa con su primer beso. Tenía trece años cumplidos y ese día me lavé todos los dientes con particular entusiasmo. Mi cita era en el cine y la promesa de recibir mi primer beso en la boca de parte de una muchachita que no era ninguna novata, aunque un poco menor que yo. Pero digamos que era una especie de besadora profesional, porque en su currículum besatorio habían pasado algunas cosas en su vida. Por supuesto ese día no pensé en ninguna de estas cosas, dadas las circunstancias no venían al caso. Me puse la mejor loción de mi papá, de hecho podría decirse que me bañé en la loción de mi papá, y llegué muy temprano a la entrada del cine donde Lencho ya me estaba esperando.

Lencho era mi amigo del alma y quien se encargó de hacer todo el papeleo para que yo recibiera mi primer beso. Claro que no hubo papeleo, es un decir, pero digamos que los trámites necesarios: hablar con Liz, que era el nombre de la muchachita, y hacer una cita esa tarde en la función de cine popular, pues era miércoles. No éramos muy de ir al cine popular de los miércoles cuando exhibían tres películas seguidas, no éramos muy de ese tipo de cine, pero la ocasión lo ameritaba y yo le dije a Lencho que contara conmigo. “No te rajes”, me retó. ¡Cómo crees!, le respondí, ya ofendido (por si algo fallaba), pero la mera verdad estuve a punto de rajarme. No que tuviera miedo, ¡tenía pánico!

Pero llegué a la entrada del cine armado de valor muy puntual y penetramos a la dulcería en donde esperaríamos la llegada de Liz. Finalmente, más o menos a la hora pactada, llegó Liz, entró sola al cine y nos vio como si fuéramos los grandes amigos. Este es Beto, le dijo Lencho; esta es Liz, me dijo a mí. Liz era una muchachita muy pequeña de estatura con una carita muy bonita de ojos grandes y rasgados y un cuerpo más bien infantil, nada por aquí, nada por allá. Yo tampoco era Brad Pitt, qué va. Apenas más alto que ella y, a mis trece, debo aceptarlo, cara de tonto, con una nariz demasiado grande para mi cara demasiado pequeña y un corte de pelo militar que mi mamá me obligaba a usar. Si agregamos alguna espinilla definitivamente no era un galán. Nos dimos la mano y entramos a la sala. Lencho se acomodó disimuladamente estratégicamente unos asientos detrás, para no meter ruido y para tenernos vigilados. Tendríamos que contar hasta los segundos del beso. Intensidad, humedad, etc. Déjenme decirles que Lencho era un besador profesional porque tenía su novia, Fabi, a quien besó en una ocasión, sin pausa, durante treinta y cinco minutos. Atestiguado por varios.

Liz y yo ocupamos unos asientos y comenzó para mí uno de los eventos más tortuosos de mi vida. Los chicles entraban a mi boca, se gastaban y salían disimuladamente para dejar entrar a otros nuevos. Traté de tocar el brazo o la mano de Liz pero estaba verdaderamente interesada en las películas, nos rosamos un rato los antebrazos. De vez en cuanto volteaba a ver a Lencho, que me hacía ojos de “órale”; yo hacía como que ahora sí, pero no ocurría nada. Fueron más de tres horas de tortura. Al final de la segunda película, Liz, visiblemente desilusionada, dijo: “me tengo que ir”. Vamos, te acompaño.

Salimos los tres a la oscuridad de la temprana noche, que era fresca y agradable. Caminamos hacia el barrio de Santiago donde vivía Liz, pasamos algunas calles oscuras platicando de las películas. En la esquina de la 15 sur Liz dijo que su casa estaba cerca. Lecho se rezagó despidiéndose de Liz. “Aquí te espero, Beto”, me dijo a mí. Yo seguí con Liz, la calle era una cueva de lobo, no había la más mínima luz. Yo hablaba y hablaba, porque siempre he sido muy hablantín y además era un atado de nervios.

En un momento dado Liz se detuvo, me detuvo. También mi corazón se detuvo. Todo se detuvo. Me tomó de la nuca y me acercó a su cara. ¡Me iba a besar!, concluí emocionado. Acerqué mis labios a los suyos, nuestras narices chocaron suavemente como si fueran dos burbujas; nuestros labios hicieron contacto, como dos naves espaciales. ¡Plash, plomb, plum…! Adentro de su boca había dientes, también tenía una lengua, nada que me sorprendiera completamente pero no estaba por demás comprobarlo empíricamente. ¡Qué alegría más grande! “Houston, Houston, estamos acoplados.” Fue un beso largo, creo, en todo caso completo. Compartimos nuestras salivas y ella parecía complacida con sus ojos cerrados, su tibia temperatura, su sabor tutifruti. Mientras sucedía el beso, yo quería que terminara rápido ya para ir corriendo a platicarle a Lencho que esperaba a la vuelta de la esquina; ahora escucharía mi propia versión de los beso.

El beso terminó por fin en un algún momento, más bien pronto, pero eso no importaba. Por fin había ocurrido, tras una tortuosa transición que ya se había tardado más de lo conveniente. Era, entre mis amigos verdaderos, como Lencho,  el único virgen de boca… Claro, descontando a Martínez, al Pacho, Gus y Rafa que eran casos perdidos de inadaptación humana, más vírgenes que yo, ¡pero qué importaban esos idiotas! Con mi beso pasaba a formar parte de otra liga.

Nunca volví a ver a Liz, pero nunca la he podido olvidar.


Ilustración tomada de Mosaico de Retazos.
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miércoles, 2 de mayo de 2018

El cielo



Mi amiga es católica de cierta profundidad. La última vez que la vi nuevamente inquirió sobre mi fastidioso ateísmo –más bien agnosticismo. No me oye–; volvió a preguntarme si ni la cercanía de la muerte me hacía considerar la existencia del cielo. Una indirecta para señalar mi edad, que ha alcanzado la senectud

Le respondí con una pregunta. ¿Dónde crees que está tu papá, mi tío Livio? En el cielo, por supuesto -respondió a bote pronto-. ¿Qué crees que está haciendo?

No tengo idea –me respondió tras una larga pausa–. Objetivamente, qué podrá estar haciendo Livio Manzanares en el imaginario cielo rodeado de nubes. Ojalá esté tocando su trompeta todo el día. Así es, el cielo sirve al humor y a la poesía -afirmé convencido de que mi agnosticismo está sustentado en la ciencia de la probabilidad. Borges afirmó que le parecía tediosa la idea de una eternidad, se aburriría rápidamente de seguir siendo Borges toda la eternidad.

Mi amiga no supo qué decir. Tampoco dije nada. De una cosa tengo certeza, el día que muera dejará de existir para siempre Leopálido Noyola, Polo; el mundo no volverá a saber de él, no así la naturaleza, porque la materia se transforma, sigue habiendo briznas de polvo universal que volverá a flotar para seguir su ciclo de movimiento y aglutinamiento que probablemente termine siendo otro hombre, o un animal, como creen los hindúes; o parte de un planeta y nuevamente polvo de estrellas, por toda la eternidad. Para que quiero más mitología que esa, la realidad del polvo hace innecesario el uso de metáforas para hablar de la eternidad. Es la materia transformándose, la molécula esencial.

Todo lo demás son cuentos chinos. O judíos, para nombrar a los autores de esa obra llamada El cristianismo occidental. Savater afirma que la religión es parte de la poesía, del arte, la imaginación; en otro momento les llama manías, mañas, pequeñas religiones. En todo caso arte, literatura. La religión universal se halla más bien en el propio universo. Y pienso que las religiones cosmogónicas adoradoras de los elementos magnánimos -sol, Tierra, fuego, agua, aire- tienen muchísimo más sentido que la del nazareno.

Oh, Sol, mi Sol.

Rezó Neruda:
A plena luz de sol sucede el día,
el día sol, el silencioso sello
extendido en los campos del camino.

Yo soy un hombre luz, con tanta rosa,
con tanta claridad destinada
que llegaré a morirme de fulgor.*

O sea, existen ya hasta la liturgia y los rezos; la adoración al agua, al sol, al firmamento también es natural.

* Neruda, Pablo: El Sol (fragmento)
Foto de Malú

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martes, 24 de abril de 2018

Bonita


Crónica de un ligue es un concurso apócrifo donde lectores de un blog escriben sobre un encuentro amoroso. Y seguramente muchas de estas crónicas son verdaderas. Una colección de amantes que ofrece al lector una visión multipolar del amor contemporáneo que borda sobre ese mismo y eterno asunto. Y que ahora comparte esta red social. De adolescentes en adelante.


Bonita
De Frank

Fue la única vez que me ocurrió algo así en la vida. Yo era un bailarín de fin de semana, tenía veinte años y esa noche habíamos caído en una fiesta que un tercero le dijo a un segundo y éste le avisó a un primero; es decir, no teníamos mucha idea de quién era el dueño de la casa, ni de quién era el ron que generosamente se escanciaba en la cocina.
Llegamos tardecito, por ahí de las diez de la noche y no fuimos recibidos con un gran entusiasmo ni mucho menos porque éramos como diez, metidos todos en un vochito rojo no sé ni cómo. Yo iba adelante, encima de una generosa gordita que me acogió en su seno, o tal vez debería decirlo en plural, para nada incómodo. Pero ya dentro de la casa que estaba por la colonia Volcanes la verdad no volví a ver a ninguno de mis compinches, porque en realidad ni los conocía mucho, fue una bolita que se formó en otra fiesta que esa tarde había asistido en la casa de mi amiga Olga. Ella sí buena amiga. De ahí recalé con esta gente a esta fiesta de gente desconocida, no muy amable, aunque sí joven y de apariencia universitaria y medio tímida porque no se atrevieron a decirnos nada. Cuando menos pensamos ya andábamos dándole vuelo a la hilacha, bailando a la Michael Jackson. Será porque nos dispersamos y ya no supieron ni a quién correr o no sé.

Pero bueno, son los detalles para contar mi ligue que ocurrió un buen rato después de que llegamos, ya cuando había bailado con una muchachita que no sabía bailar y que en la primera oportunidad le di las gracias y la senté de donde la había levantado. Bailé con alguien más que no recuerdo y hasta después de un buen rato bailé con esta otra muchachita, la del supuesto ligue, porque no sé si lo que ocurrió esa noche califique para ser llamado ligue, pero bueno. Saca tu propia conclusión. Yo creo que sí, pero no sé.
Sucede que la vi sentadita y no fue que me impresionara ni nada, la vi sentada y la fui a sacar a bailar como antes había sacado a bailar a las otras dos muchachas. Y ella salió a bailar sin pensarlo mucho y estuvimos bailando un par de rolas muy sabrosas porque, lo que sea de cada quien, bailaba muy bonito, muy bien.

Era una chavita más bien joven, de unos 15 ó 16 años, muy bien desarrolladita; nada fea pero tampoco tan bonita. Bonita, sí, pero no exageradamente. En ese plan, estaba más bonita la güerita que no sabía bailar. Pero bueno. Esta niña, cuyo nombre nunca supe, bailaba rico y como yo también bailaba muy bien –modestia aparte–, nos la pasamos muy chido. La verdad no me acuerdo qué rolas eran, pero eran de bailar pegadito, arrullándonos, apretándonos, disfrutando a cada paso, en cada vaivén; entonces sin saber cómo, de repente, nuestras bocas se encontraron frente a frente, a un milímetro de distancia, y cuando menos supimos los dos estábamos enzarzados en tremendo beso de lengüita y todo. No, pos no. Fue el acabóse del placer y de la sensualidad, digo yo. Qué naturalidad y qué sencillez. Así deberían ser todas las relaciones humanas, con suavidad y sin tanto embrollo, sin tanto rollo. Aquí no hubo el más mínimo discurso, ni siquiera nos dijimos nuestros nombres y estábamos disfrutando de esa virtud que tienen nuestras bocas de besarse silenciosamente, sin tanta alharaca, así como nuestros cuerpos bailaban sin contrataciones, ni diálogos, ni permisos del papá o la mamá. No se me ocurrió pensar en el hermano.

En esas estábamos cuando fuimos interrumpidos por un joven, un muchacho como de mi edad, de repente la detuvo del brazo, yo me detuve también, el tipo que resultó ser su hermano, le reclamó airadamente a la joven que qué era lo que estaba haciendo ahí. Pues bailando. No, tú te vas a la casa, le dijo el sujeto. Rápidamente comprendí que se trataba del hermano. La niña se resistió, por supuesto, mientras yo aguardé con cauteloso silencio sin soltarla de la cintura, como apoyándola en caso de necesidad pero también dándole libertad para que hiciera lo que necesitara. Si quiere seguir bailando seguimos bailando, si te tienes que ir lo comprenderé.

El muchacho se fue muy enojado por ahí y afortunadamente no se metió conmigo, aunque me miró bien feo. Se fue y nosotros dimos algunos pasitos como si siguiéramos bailando pero la verdad es que algo había ocurrido en nuestro paraíso y la magia nos había abandonado. Mala vibra del hermanito, pues, además de que otras parejas nos veían como si fuéramos criminales.  Fue ahí donde cometí el error de no pedirle su teléfono o darle el mío o algo. Nos miramos y comprendimos que el sueño había terminado, que había sido una fantasía gloriosa de muchos generosos minutos pero ahora cada quien debía regresar a su realidad.

Nos separamos en medio de la sala de aquella casa desconocida y cada quien agarró para lados opuestos. Yo iba muy feliz porque nunca me había pasado algo así, como experiencia valía muchísimo, me encantaba haberla vivido, pero al día siguiente, y en los meses y años que siguieron, me arrepentí de no haber actuado. Tal vez éramos el uno para el otro, como lo demostró nuestra naturaleza sin palabras y nos permitió ser nosotros mismos en un nivel desconocido, inexplorado. No lo sé. Nunca volví a verla, pero lo más feo del caso es que, si la viera, no podría reconocerla, simplemnte no la reconocería.

Si acaso lees esta crónica y eres tú, pues soy yo, Frank.




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jueves, 12 de abril de 2018

Cazadores recolectores hoy


El pobre aprende a razonar como los antiguos cazadores recolectores. Es un asomo que inhibe sus deseos de alcanzar algo que esté más allá de su sustento fundamental, que es el que aplaca el hambre. El cazador piensa en lo inmediato y el futuro no significa nada, excepto que se trate de un invierno muy frío o un desastre natural que acabe con sus presas. El cazador vive al día, a la hora. Si caza come y si come se relaja; si no caza sufre hambre.

Los cazadores-recolectores formalmente no existen, sin embargo, en un país con tantísimos pobres, la mentalidad de aquellos ancestros pre-agrícolas se renueva en los embates de cada nueva crisis, aunque ya no se persigue a pequeños mamíferos sino a esquivos kilogramos de frijol o de tortillas, uno que otro huevito y cuando la fortuna es magnánima una piernita de pollo hormonado.

La actual cruzada contra el hambre enfrenta este dilema, pues unos pocos hablan desde una perspectiva desarrollista que considera planeaciones, proyectos y acumulación de capital, mientras que el resto aspira solo a asegurar la comida de ese día y, con sobrado entusiasmo, de la semana que empieza cualquier día.

Foto de: arquitectura.medellin.unal.edu.co

miércoles, 28 de marzo de 2018

Confesión de piedra


Como es de esperarse, en Puebla existen multitud de leyendas protagonizadas por curas o monjas; algunas son la misma leyenda con algunas variaciones y casi siempre los religiosos son víctimas de algo o alguien que les procura algún perjuicio, engaño o robo. La historia me la contó Francisco Jiménez.

Esta es una historia sobre el bulevar 5 de mayo, por el barrio de Analco, donde hay una cruz de piedra cerca de un parque y trata de la historia de un sacerdote que, a finales de 1700, muy tarde en la noche, en el momento en que llegaba a su parroquia, una persona lo abordó solicitándole escuchar una confesión.

-       Padre, quiero confesarme
-       Claro que sí, hijo, con todo gusto –le dijo el sacerdote–.
-       Quiero confesarme –repitió el hombre–.
-       Vamos a la parroquia.

Pero esta persona le dijo que no, que tenía que ser ahí, en la calle.
-       Yo no puedo entrar al templo, señor cura, he cometido muchos errores y muchos pecados.
Entonces, ante la insistencia de esa persona, el sacerdote accede a confesarlo en la calle; el hombre había sido de todo: ladrón, asesino y muchísimas cosas, por eso no podía entrar a la iglesia. Cuando termina la confesión, el cura lo absuelve y el individuo afirma tener que pagar una penitencia.

-       Prometí poner una cruz de piedra, pero no puedo hacerlo personalmente por ciertas circunstancias, ¿me haría usted favor de hacer esto, de mandar poner una cruz de piedra en señal de que sí ocurrió esta confesión?
-        Claro, con todo gusto, hijo, –respondió el sacerdote– pero ¿por qué una cruz de piedra si has sido absuelto de tus pecados?
Pero en ese momento la persona desaparece.

Entonces el religioso comprende que estuvo con un alma en pena que lo que buscaba era expiar sus pecados. Y así es como me la narraron, creo que hay algunas variantes de esta leyenda, pero la leyenda es básicamente esa, y se refiere a una cruz de piedra que está en Analco. Una que está incrustada en una pared cerca del Puente de Ovando y otra cruz de piedra en el parque de Analco, se trata de una de ellas. Son leyendas hermosas que se graban en los pensamientos de las personas. Las leyendas se repiten, a veces de ciudad en ciudad, pero son muy ilustrativas.

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