martes, 9 de enero de 2018

Muertos tempranos

Un día se murió el esposo de nuestra vecina Vitola, estaba recién casada; el hombre se ahogó en una laguna y su féretro fue instalado frente a nuestra casa, lo que resultó irresistible tratándose del primer muerto de mi vida. Me hice acompañar de uno de mis primos y entramos a verlo en su caja de muerto. No lo reconocí, estaba hinchado y amoratado.

Alejandro Rivera Domínguez recuerda ese momento infantil en el que nos vemos precisados enfrentar la muerte de alguien conocido, no lo suficiente para vivir la pena, pero sí conocido porque lo veía en la calle frecuentemente. De la tragedia pasa a la felicidad de aquella ciudad de los años 60.


Un día en el mercado del Carmen, que era un tianguis, tiré una lata de gelatinas. ¡Cómo me acuerdo! Mi mamá tuvo que pagar 3.75 centavos de gelatina, y por supuesto que me llevé una paliza tremenda. Era una lata que tenía, no sé, una lata de manteca aplanada y ahí ponían las gelatinas. Entonces las tiré todas.

Bueno, era una vida deliciosa, una ciudad con gente muy bien educada. Cuando llegaba a haber un asesinato -que los había, por supuesto- era un escándalo de toda la ciudad. Una vez mataron a Plinio Busto Gonzálvez, un venezolano que estudiaba medicina, porque venían muchos haitianos, venezolanos, colombianos a estudiar medicina aquí a Puebla. Estaba en una peluquería, cerca de donde yo vivía, y llegó un sujeto y le vació la pistola. Todo mundo conocía a Plinio, porque era muy simpático el cuate. Entonces: “mataron a Plinio”. ¿Cómo que lo mataron? Pues sí, porque andaba con la esposa del señor que lo mató. Uta, fue un escándalo de semanas el pobre Plinio que, sentado en el sillón de peluquería, tipo sicarios, le habían sembrado plomo al hombre, lo mataron, pero fue impresionante para un niño que lo conocía, por lo menos de vista, “tan buen estudiante que era”. Porque faltaba que se muriera alguien y “tan buena persona que era”. Porque esto es muy poblano, además. Si se moría alguien se imponía el: ¡qué bueno era! Pero en general era realmente una ciudad amable, vivible, con buenos servicios de limpia, pues se hacía un concurso de banquetas limpias. Así, de buenas a primeras empieza a haber cambios. Llega la Volkswagen, que es el parteaguas de la ciudad. Empieza a poblarse toda la zona. (Alejandro Rivera Domínguez)

Foto Mediateca INAH

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