viernes, 12 de enero de 2018

Un poblano muy memorioso

Uno de los pocos informantes (llamémosle) profesionales sobre el tema de la memoria poblana que he cultivado por casi tres décadas fue Pedro Ángel Palou Pérez, autor de libros de historia, profesor de varias generaciones de poblanos, funcionario de la cultura, cronista y amante de la plática y de los recuerdos como pude comprobarlo el día que lo visité en su oficina en las profundidades de la Casa de la Cultura. Era un poblano muy memorioso, a pesar de no haber nacido en Puebla, tal como fue su primera revelación, como nos suele ocurrir aquí a los fuereños. Don Pedro murió la noche de ayer a los 85 años, q.p.d. Esto fue lo que me platicó en aquella ocasión.


Yo nací en Orizaba, vine a los 11 años interno a Puebla, y aquí me quedé hasta ahorita, aquí me casé. Era 1944-45, el internado estaba en la 9 Poniente, atrás de lo que es hora es avenida Juárez, que era entonces avenida de La Paz. Yo vine a estudiar al Instituto Oriente como interno, veníamos al centro caminando desde la 9 Poniente, que no era muy lejano, era una Puebla pequeña, una Puebla de unos 150 mil habitantes, una cosa así. Los internos, cuando teníamos dinero, veníamos a los cines, los que había entonces, el Reforma, por supuesto, al anfiteatro del cine Reforma, del Coliseo.
No existía el Variedades actual, o el que hubo después, el Guerrero ya existía. Veníamos a esos cines y si teníamos algún dinero, íbamos a los tamales de La Dulce Alianza, un restaurant típico, modesto, muy sencillo en el portal Hidalgo, o en el portal Morelos: La Princesa, a tomar tamales, atole, chocolate, y alguna vez veníamos al Kikos, que era un café para jóvenes y para chamacas de nuestra edad, trece, catorce años, que estaba en Reforma, en donde había “tragadieces”, con la música sobre todo de las bandas norteamericanas, la música de esa época de los años cuarenta, Bill Crosby, etcétera. Y veníamos ahí a tomar café, a charlar y a hablar entre los presuntos y las presuntas. El famoso Kikos de Reforma que hizo historia; a tomar café, un refresco, un ice cream soda. Eran las cosas de la época.

Av. de La Paz

Era una Puebla muy pequeña, ir a Agua Azul era una odisea, o al campo de futbol, que para nosotros estaba casi en los límites con Oaxaca ¿no? Puebla terminaba prácticamente en El Carmen, en Chulavista, en Santa María, en la Humboldt, ahí terminaba Puebla. De este lado en el cerro de San Juan, malamente llamado cerro de La Paz, con historia militar importante en Puebla. La avenida Juárez terminaba en el monumento a Juárez, por eso le decían “el milpero”, de ahí nos íbamos nosotros a jugar a las pedradas. Cuando no teníamos dinero, nos íbamos al cerro. Estaba lleno de milpas, el monumento a Juárez se levantó en medio de milpas, ahí terminaba Puebla. Había dos balnearios por ahí, el balneario de La Paz, sobre la 7 Poniente y contra esquina de San Sebastián estaban los baños de San Sebastián, eran los dos que había en esa época por ahí.
Había una fuente en el Paseo Bravo, sobre Reforma y la 17, abierta al público, que iba a recoger agua sulfurosa, era un ojo de agua sulfurosa para tomar. Nosotros no teníamos las posibilidades para pagar balnearios, no íbamos, no los conocimos como tal.

Puente de Ovando

Los domingos íbamos al fútbol, porque éramos muy aficionados, al Mirador, que era lo que es el estadio Cuauhtémoc. Era una caja de cerillos, toda de madera, pero lo chistoso es que para pasar al otro lado del río de San Francisco, que no estaba entubado, pasábamos por una viga y pagábamos cinco centavos para pasar el río, para llegar al Mirador a ver el futbol los domingos en la mañana, cuando había posibilidades de hacer cosas, pues no siempre las había. Pero bueno, los internos del Instituto Oriente eran muy fraternos, nos ayudábamos mucho entre los compañeros, veníamos al Portal y en las noches teníamos que irnos rápidamente saliendo del cine, el sábado o el domingo, porque había una hora tope para llegar al internado. No podíamos gastar en los Rápidos de Puebla, que era el camión que nos llevaba, eran tan lentos que decíamos los internos que salíamos rayando el sol y regresábamos rayando la luna. En parte por eso no los utilizábamos, aunque se llamaban Rápidos de Puebla. Mejor caminábamos, porque a veces no teníamos los cinco centavos que costaba el autobús.



Foto de Pedro Ángel Palou: Sobre T, Juan Cervantes.


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martes, 9 de enero de 2018

Muertos tempranos

Un día se murió el esposo de nuestra vecina Vitola, estaba recién casada; el hombre se ahogó en una laguna y su féretro fue instalado frente a nuestra casa, lo que resultó irresistible tratándose del primer muerto de mi vida. Me hice acompañar de uno de mis primos y entramos a verlo en su caja de muerto. No lo reconocí, estaba hinchado y amoratado.

Alejandro Rivera Domínguez recuerda ese momento infantil en el que nos vemos precisados enfrentar la muerte de alguien conocido, no lo suficiente para vivir la pena, pero sí conocido porque lo veía en la calle frecuentemente. De la tragedia pasa a la felicidad de aquella ciudad de los años 60.


Un día en el mercado del Carmen, que era un tianguis, tiré una lata de gelatinas. ¡Cómo me acuerdo! Mi mamá tuvo que pagar 3.75 centavos de gelatina, y por supuesto que me llevé una paliza tremenda. Era una lata que tenía, no sé, una lata de manteca aplanada y ahí ponían las gelatinas. Entonces las tiré todas.

Bueno, era una vida deliciosa, una ciudad con gente muy bien educada. Cuando llegaba a haber un asesinato -que los había, por supuesto- era un escándalo de toda la ciudad. Una vez mataron a Plinio Busto Gonzálvez, un venezolano que estudiaba medicina, porque venían muchos haitianos, venezolanos, colombianos a estudiar medicina aquí a Puebla. Estaba en una peluquería, cerca de donde yo vivía, y llegó un sujeto y le vació la pistola. Todo mundo conocía a Plinio, porque era muy simpático el cuate. Entonces: “mataron a Plinio”. ¿Cómo que lo mataron? Pues sí, porque andaba con la esposa del señor que lo mató. Uta, fue un escándalo de semanas el pobre Plinio que, sentado en el sillón de peluquería, tipo sicarios, le habían sembrado plomo al hombre, lo mataron, pero fue impresionante para un niño que lo conocía, por lo menos de vista, “tan buen estudiante que era”. Porque faltaba que se muriera alguien y “tan buena persona que era”. Porque esto es muy poblano, además. Si se moría alguien se imponía el: ¡qué bueno era! Pero en general era realmente una ciudad amable, vivible, con buenos servicios de limpia, pues se hacía un concurso de banquetas limpias. Así, de buenas a primeras empieza a haber cambios. Llega la Volkswagen, que es el parteaguas de la ciudad. Empieza a poblarse toda la zona. (Alejandro Rivera Domínguez)

Foto Mediateca INAH

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martes, 2 de enero de 2018

No somos perennes

En los inicios de la década de los años cincuenta, Puebla y el país saborearon otra clase de objetos y circunstancias que no existían antes de la segunda guerra mundial, concluida cinco años antes; los habitantes de la capital del Estado se habían modernizado de muchas formas, pero la modernidad sobrellevaba también novedosos rudimentos que se usaban en un moderno uso del poder, una moderna represión militar, las telecomunicaciones satelitales, las olimpiadas y las crisis económicas de un país con finanzas sanas. Ahí es donde corre este relato de Don Rafael Moreno Serrano, cuando una serie de infaustos eventos lo dejaron sin chamba. A raíz de eso, a los 29 años, ingresó al servicio de la policía federal.


Mi madre, más grande, no necesitaba ya de hombre para vivir con él, entonces yo era el señor de la casa, llegaba yo con mi salario y le daba para su necesidad. Mi madre, para ayudarme, en la puerta del zaguán, hacía un tonel así de tamales y se ponía a vender. ¡Cómo vendía!, yo me acuerdo que tenía clientes de que les hacía unos tamalotes grandotes de a diez centavos. Y con eso también nos ayudábamos. Desayunábamos molotes, cenábamos tamales y, bueno, estando contenta la familia, hasta los frijoles son sabrosos ¿no? Entonces éramos felices, pero empezó a transcurrir la vida de un modo y de otro, hasta que ya, le digo a usted, yo me casé, saqué a mi novia del baile, porque era la que guardaba la ropa, nos hicimos novios, nos gustamos, le presenté a mi mamá, se comprendieron, nos casamos y tuvimos dos niñas, que fueron María Luisa y Lulú, pero, cómo le diré a usted, dilató muy poco tiempo en que se murió también mi esposa, y como le digo a usted, que el hombre no puede estar solo, entonces conocí a  mi esposa, bendito sea Dios, conocí a mi esposa, nos comprendimos, nos amoldamos a lo que era ella, que tenía una tienda, su mamá; mi suegro dilató cien años, mi suegra noventa y cinco años; mi cuñada con la que nos alcahueteaba, salíamos los tres a Cholula, a días de campo aquí, allá y acullá,  pues no somos perennes, de algún modo tenemos que morir. Y se murió mi cuñada, pobrecita, me tenía mucho cariño. Ay, cuidadete que se enojara mi esposa conmigo, le ponía unas regañadas tremendas. “No seas tonta, hermana, le decía, ahora en estos tiempos…” Total que siempre sacaba la cara por mí, hasta el último montón de tierra le echamos y ya se murió.

Nosotros vivíamos ahí en la 7 poniente, donde estaba la gasolinera Candias. Hubo un momento en que, pues, cómo le diré a usted, tenemos esa creencia tonta o buena o regular o qué sé yo, que paga uno el noviciado, me fui para abajo, no era yo borracho, no era trasnochador, pero llegó el momento en que perdí el trabajo, no sé por qué. Pero llegó el momento en que me fui de chalán ahí en la gasolinera, me admitió el señor Candia, muy buen amigo, le dije: “¿me da usted permiso que yo venga yo a servir el agua, a barrer para que me den una ayuda?”. Claro que sí. Entonces ahí andaba yo. Tenía que estar buscando para llegar a casa con la papa para mi mamá, para mi esposa y ya para dos hijas. Sí, hombre, le digo a usted que me las vi feas. Ya no sabía yo ni en qué. Me volví abonero, traía ropa de México –con perdón de usted–, pantaletas, ropa interior, brasieres, quién sabe qué tantas cosas de mujeres, las daba yo en abonos, y cada quince días iba yo a recoger. Iba a Correo Mayor, atrás del Palacio Nacional, ahí había varias fábricas que vendían en cantidad y a buen precio. Ahí venía yo cargado en el camión. Total que se me ocurre dejar eso, me fui a México a trabajar, locuras de muchachos que les importa a uno poco, al fin que mi mamá se ayudaba con mi esposa, ahí estaban los tamales que vendían en la puerta. Traía yo lo que ganaba allá. Y me decía: “ya deja eso, está sola aquí tu mujer”, pero dilaté un poquito de tiempo.


Me iba al cine, a las luchas, al box, a donde me alcanzaba, pero no se aguanta uno en ese plan, que me regreso de nuevo, a chambear aquí de lo que fuera. Hasta que un día que veo que solicitaban altas en la policía. Ya tenía yo como 29 años. (Rafael Moreno Serrano)

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