jueves, 28 de diciembre de 2017

Clasificación C


Las salas de cine jugaron un papel estelar en la experiencia social de la ciudad desde su llegada en los años treinta. Pronto estuvieron equipadas con un gran sonido y foros en las salas para una variedad musical, programas de aficionados y promociones; se convirtieron en centros sociales masivos, con estrenos semanales y numerosas salas distribuidas en los barrios y los nuevos asentamientos; fue una ventana que permitió a esos ciudadanos conocer las imágenes del mundo; el cine se afirmó como una actividad semanal obligatoria
como las propias misas, era parte importante del quehacer de aquellos poblanos y la iglesia católica se encargaba de que se la censura se distribuyera adecuadamente entre la grey. Alfredo Parra Dávila, acólito de aquellos ritos, recuerda las advertencias de la iglesia en los años sesenta:


Solíamos irnos de pinta los viernes o los sábados, algunas veces. Entonces comenzaban a llegar las películas, no digamos pornográficas, pero que estaban prohibidas para los menores. Salían las mujeres en bikini, eso era todo. Recuerdo que estaba Lando Buzanca, que era un cómico italiano con italianas en bikini, que para nosotros era una atracción novedosa. Porque debo decirle que en aquella época en las iglesias católicas ponían una hoja escrita a máquina con la clasificación de las películas que programaban los cines. Una tabla de avisos.

“Películas que se pueden ver”. Clasificación C, eso era para adultos: Espartaco, “¿por qué?”, preguntaba uno, porque los gladiadores enseñaban mucha pierna. El Charro Negro, Los Diez Mandamientos, Clasificación A. Y así todas las películas que se exhibían. Todas aquellas que enseñaban pierna de hombres o mujeres eran para adultos. Iglesias como la de la Luz, Los Remedios, La Compañía, todas tenían esos mensajes de cine. Pegaban la hoja con una tachuela.

Cine Colonial

Pero debo aclarar algo: que en el cine no le ponían trabas, uno entraba pagando su boleto, tuviera la edad que tuviera. Era un asunto de conciencia, de cada quien. En el cine no le ponían a uno trabas, entraba uno a cualquier película. Y por supuesto no nos perdimos ninguna de Lando Buzzanca.




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viernes, 22 de diciembre de 2017

Muerte en El Centenario


Puebla, miércoles 16 de julio de 1930. Poco después del mediodía del 15 de julio los empleados y clientes del Hotel El Centenario del centro de esta ciudad, tras escuchar una detonación, vieron a un hombre desnudo salir de la habitación número 27 al tiempo que gritaba: “se ha suicidado, se ha suicidado, llamen a la policía...”

A los pocos minutos, paramédicos de la Cruz Roja encontraron a una hermosa joven tirada sobre un charco de sangre, tenía un balazo en el estómago y la sangre también le salía por la boca. Estaba viva, pero en muy malas condiciones. Murió en la sala de operaciones sin haber podido pronunciar palabra.

Al cuarto 27 también llegó el agente Francisco Rocha, quien pudo observar que el balazo había penetrado por el lado izquierdo del estómago, que la pistola escuadra calibre 38 Browning había caído también hacia su lado izquierdo y que era raro en un suicida se aplicara el balazo en esa zona, en lugar del pecho o la cabeza.

Su acompañante resultó ser Francisco Carlín, agente de las Comisiones de Seguridad, quien declaró que la mujer era Natalia Ramos, de 17 años de edad, con quien mantenía relaciones hacía tiempo. Ella era mesera de un elegante hotel de la Ciudad de México y desde cuatro días antes lo acompañaba en el hotel. Carlín informó que luego de una juerga la noche del lunes, ese martes se habían levantado tarde. Ella le trajo una palangana de agua para su aseo y, mientras se enjabonaba la cara, escuchó la detonación. Cuando corrió a ver qué pasaba, todavía pudo ver a Natalia caer sobre la cama, ensangrentada.

En los días siguientes el agente Rocha llegó a conclusiones que eliminaban el suicidio. La Inspección de Policía informó que la Oficina de Dactiloscopía dictaminó que el arma utilizada carecía de huellas digitales, pero además se enteró de que la víctima no era zurda, por lo que el impacto en el lado izquierdo del estómago, y el arma tirada hacia ese mismo lado, hacían improbable que ella se hubiera disparado. Pero además se enteró que la actitud del agente Carlín distaba mucho de ser la de una persona sensata, pues la madre de Natalia declaró que el agente se presentaba en su casa disparando su pistola y actuando mal, que Naty no quería salir con él un día antes del crimen, por lo que él se la llevó a la fuerza, amenazando de paso a su madre con que “tal vez no la volvería a ver”. Así ocurrió.

El agente Rocha, con el acopio de sus pruebas, consiguió una orden de aprehensión por asesinato de Natividad contra Francisco Carlín, que aunque nunca confesó haberle disparado fue declarado culpable del crimen y condenado a una larga temporada en prisión. Los hechos fueron registrados en los expedientes criminales de las historias ocultas de Puebla.

Paráfrasis de una nota aparecida en La Opinión, el gran diario de oriente. Dirigido por J. Ojeda González, Puebla, Pue.
La Opinión, el gran diario de oriente
Puebla, Pue. Julio-septiembre de 1930



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miércoles, 13 de diciembre de 2017

El Sputnik en Puebla

En octubre de 1957, hace ya 60 años, los soviéticos sorprendieron al mundo al lanzar al espacio el primer satélite artificial de la historia. Todos estaban muy entretenidos en cualquier otra cosa, es especial los estadounidenses, de modo que el Sputnik los agarró con los dedos en la puerta. Uno de mis informantes poblanos favoritos, Alejandro Rivera Domínguez, interesado desde pequeño en esas cosas, narra lo que se vivió aquí con aquel acontecimiento.


Cuando lanzaron el Sputnik en mi familia fue todo un acontecimiento. Fue tan impresionante, que todos creímos vivir un momento determinante de la humanidad. ¡Han puesto un artefacto en el espacio!

“En 1905 me llevaron a ver el primer foco eléctrico en la ciudad, en el Carolino –nos contaba mi abuela Angelina Osorio Linares–. Estaba la banda municipal y el señor presidente municipal que fue quien dio el clic. Vimos el foco. Ay mi´jo, mi´jo, esto es grande. Una sorpresa enorme para todos. Vi el foco y ahora cosas en el espacio”. Ay mamá, cómo crees, estos comunistas no hayan qué inventar, de dónde van a sacar gasolina. Y mi abuela: “yo no sé, Manolo, yo no sé”. Mi abuela que era una curiosa, de una vitalidad notable.

En el parque podías ver las constelaciones, pues estaba muy oscuro. Había un foquito en cada esquina. Y ahí andaba el sereno, porque todavía había sereno.

Y todo mundo juraba que vio el Sputnik. En todos lados lo anunciaron: “Vieron en Puebla el satélite ruso”. Creo que fue un shock. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Aquellos bailes de aquella Puebla


Esta reunión nunca existió, los contertulios es probable que nunca se conocieran entre ellos, eran jóvenes poblanos entre los años 30 y 40 del siglo XX y estos recuerdos fueron recuperados independientemente cuando todos ellos ya eran ancianos. Pertenecen a más de una generación que fue testigo de la transformación de Puebla, de ser una pequeña ciudad típicamente provinciana donde el cine y los bailes eran las dos únicas diversiones de las jóvenes parejas –fuera de las cuales nada o casi nada estaba permitido–, en la metrópoli multitudinaria que habitamos.

Pero, cuidado, no caigas en la tentación de imaginar que Puebla era un pueblito. No, era una ciudad de un cuarto de millón de habitantes, una de las más grandes y modernas de México, cosmopolita a su manera con todos los servicios modernos disponibles.

Ahora los reúno en esta falsa entrevista, una suerte de alegoría, para que nos cuenten sus contrastantes visiones de aquella diversión nocturna: los bailes, el baile, contactos físicos a veces con extraños que tenían ese toque de sabroso pecado que era muy emocionante consumar, pues todos eran muy católicos.


Luis Velasco Ramírez: La vida era más romántica, en este sentido. El círculo era más cerrado, Puebla era más chica, nos conocíamos todos, aunque no nos saludábamos, nos conocíamos de vista, como hemos rememorado aquí con mis buenos amigos.

Viviana Palma: Los departamentos tenían sus balconcitos que daban a la 5 sur, pero la entrada era por la 5 Poniente, pero donde yo vivía daban los balcones para la 5 sur. Hasta ahí iban los muchachos a cantarle a una, porque se usaban los gallos (como eran llamadas las serenatas).

Magno Sánchez: Cuando ya estábamos en edad de ir a bailes y eso, íbamos al Casino, por El Carmen. Y el Pasapoga, que era como un bar para parejas. Iba uno en forma cordial, a tomar algo, estudiantes o personas mayores.

Carlos Alberto Julián Galis: Era un club, bueno, no un club, un centro nocturno que se llamaba el Pasapoga, que era de los Trías. También se acostumbraban las tardeadas en Agua Azul, las lunadas acá en La Paz.

Rosa Gastelum: El salón Esmirna, que según la historia fue el convento de San Juana Inés de la Cruz, fue un claustro, pero con el tiempo lo hicieron salón de baile. El salón México. El salón La Floresta, La Playa, muchos salones.

Rafael M. Serrano: Había muy pocos salones, entre la 4 oriente y la 6 norte, sobre la 4 oriente, de este lado estaba el Dancing Puebla, el Casino y el Puebla, porque estaba dividido en dos, pero la orquesta tocaba en la mitad para los dos, para acá la gente más adinerada y acá la gente más humilde. El casino era para los que nos vestíamos mejor, el Puebla era para personas humildes, decían que para las gatas, entonces donde quiera me andaba yo metiendo en esos bailes.


Carlos Alberto Julián Galis: Había en la 21 poniente un centro donde se bailaba, era el Montecasino y ahí terminaba Puebla, a la otra calle terminaba Puebla.

Magno Sánchez: Me tocaron los bailes del Carolino. Esos bailes los organizaba la Federación de la Juventud Poblana, podían ser de leyes, podían ser de medicina, según ganara la federación de una escuela o la otra. Y hacían su negocio los muchachos, porque era un baile de blanco y negro, que era el baile de la federación. Era para universitarios y todo tipo de gente y usaban los tres patios con varias orquestas, Arcaraz, Beltrán Ruiz, Gonzalo Curiel, Pérez Prado, Agustín Lara, venían tres orquestas, una para cada patio del Carolino. El segundo patio ya tenía prados, pero lo adaptaban para que se pudiera bailar. Eran populares pero muy elegantes, teníamos que llevar traje negro o smoking. El piso que recuerdo estaba muy bien, se podía bailar bien, o en los pasillos, como son anchos, también bailábamos ahí. Con los bailes se hacían de recursos para la federación, y una parte iba para la escuela, ya fuera leyes o medicina. Aunque, como siempre, hubo algunos vivales que salieron ricos de ahí.
Héctor Carretero: Mire, la sociedad ha cambiado mucho. No es que yo sea malinchista pero lo vida fue mucho mejor que ahora. Había más y mejor clase social. Los bailes de Blanco y Negro, yo era niño, pero me tocó con mis hermanas, los muchachos iban todos de smoking negro y las muchachas todas de blanco. Eran bailes elegantes, las cenas eran en el restaurante El Merendero de don Armando Lastra.

Olga Rodríguez Romero: Para los bailes de la universidad nos iban a invitar  a la Normal, iban los de Medicina a invitar a las normalistas y así era entonces la vida de una estudiante. Kermesses, que los candidatos de las facultades que hacían sus fiestas. Tenía yo mucha amistad con muchachos de Centroamérica, había mucho nicaragüense en ese entonces, como ahora hay colombianos. Cuando yo estudiaba en la Normal había mucho costarricense –ticos– y nicaragüenses. Entonces tenía mis amigos. Qué bailes… Y luego los bailes del Centro Escolar que había antes, cada año también, como de aniversario. La fundación del Centro Escolar Niños Héroes de Chapultepec, eran unos bailes preciosos. Los hacían en toda la escuela, y ambientaban los diferentes salones, por ejemplo, el salón marino con sus motivos, el salón de quien sabe qué y los adornaban bien bonito. Sí, había reinas y escogían a muchachas de Puebla, pero con mucho dinero. Ahora ya no se reconoce a nadie. Porque desde que se da el temblor del 85, la ciudad se llenó de gente que vino de fuera. O ya creció la ciudad y ya se va perdiendo todo eso tan bonito.

Rafael M. Serrano: El Agua Azul era de don Miguel Díaz Barriga, ahí también se bailaba. Había muchos lugares, ya no me acuerdo, sinceramente. Pero donde siempre íbamos era el Balmori, al Scandel, al Puebla o al Casino, era donde íbamos con nuestra palomilla, muchachones de 18, 20, 25 años, todos de pipa y guante, yo ya empezaba a ponerme mis trajecitos. Resulta que me daba a mi bastante gusto que iba yo bastante arregladito, oliendo a perfumito, acompañado de buenas parejas, y ahí me jalaban de la mano, Rafa para acá, Rafa para allá.

Olga Rodríguez Romero: También el baile de los españoles, a esos sí francamente yo nunca fui. Había muchos muy elegantes, el hotel Lastra, El Merendero. Yo fui una vez a un desayuno de una primera comunión, no sé de quién. Ahí estaba la gruta de Nuestra Señora de Lourdes, también había casamientos. Es como una gruta.

Rafael M. Serrano: Cuando yo empecé a aprender a bailar tenía unos 24 años, había un dancing en la 10 oriente y 5 de mayo, y aquí, al empezar la calle, estaba arriba el famoso Balmori. Venían unas orquestas de México, cada ocho días, sábado, domingo y lunes. Me agarré el vicio del baile que no vea usted. Bailé varias veces, entré a campeonatos para bailar. Fui vicioso. Entonces empezaba el famoso swing, el fox trot, el danzón y el blues, apenas empezaban, ni se sabía bien de las huarachas. El mambo y el chachachá estaban muy lejos, hasta que lo trajo Pérez Prado mucho tiempo después.

Rosa Gastelum: En la tarde iba yo a bailar al salón Los Ángeles, porque siempre me ha encantado bailar. Tenía yo mi novio que era mecánico de coches y su hermana me decía “tú te tienes que casar con mi hermano”. No, yo no me caso. Y por eso me vine para acá en 1943. No me encontraba yo con él, no me gustaba nada, lo acepté por compañía y bailaba bien, porque era de Veracruz. Estaba las orquestas de Carlos Campos, de Riesta, de Esquivel, señoras orquestas de más de veinte músicos.


Rafael M. Serrano: Había otro baile, grande también, en la 11 norte, entre la 38 y 36, el Teatro Hidalgo, que entre semana había películas y el sábado, domingo y lunes era para puro baile. No sabía cómo le hacían, yo llegaba y ya estaba la pista para el baile, y en el foro tocaba la orquesta. Empezaban los famosos pachucos. Yo usaba lo mejorcito de mi ropa, un pantaloncito de casimir, una camisa limpia, una chamarrita, bien peinado, rasurado y a bailar. Humildemente, eso sí, bien perfumado, si algo me ha gustado es oler bien. No tolero la idea de que una dama me diga “arrímate, porque hueles a sudor”.

Rosa Gastelum: Aquí en Puebla, los bailes me tocaron con Carlos cuando ya éramos novios. Íbamos al Hospicio, al salón de Agua Azul; en la colonia Juárez había un balneario con su salón de baile, ya una vez casados íbamos a las lunadas a Agua Azul. Al Retiro, con la orquesta de Agustín Lara, al costado de la casa de Gutierritos, en la 21 Poniente y 16 de septiembre. Muy bonita orquesta, ahí tocaba, en El Retiro.

Rafael M. Serrano: En los bailes le daban a uno dinero en los concursos, al primer lugar le daban una copita, así chiquita, y al segundo, tercero, cuarto, quinto y hasta el sexto lugar, les daban dinero. Había un salón que se llamaba Scander, que estaba por el rumbo del panteón de la Piedad, por ahí estaba el Scandel, también venía una buena orquesta de México; aquí en Puebla, en el palacio que está en la 5 oriente y 16 de septiembre, donde está lo de correos, entrábamos por acá y era un patiezazo tremendo, pero grande, la orquesta tocaba para todos, y también venían muy buenas orquestas. Luis Arcaraz, Adolfo Girón, muchas orquestas de buenos músicos. Y ahí sí teníamos que pagar caro, no me acuerdo cuánto. Todavía, apenas andaba yo queriendo conocer a mi esposa, iba con mi cuñada, que ya es difunta, íbamos los tres a bailar ahí al palacio de correos.

Olga Rodríguez Romero: En los bailes públicos también bailé, ufff. Los bailes de la universidad, con las amigas. Al Carolino, cuando eran los bailes de la Federación Estudiantil Poblana, que tenían las grandes orquestas. Cada año en el Carolino había reinas, en los patios. En el primero estaba la orquesta de Agustín Lara, en el segundo Pablo Beltrán Ruíz y en el otro estaba Dámaso Pérez Prado, ¡eran unos bailes…! Y todos todos de traje y las mujeres de traje largo, entonces sí eran bailes bonitos, de postín.

Rafael M. Serrano: En los bailes había refrescos o bebidas. Nos poníamos de acuerdo entre semana, había un carro que lo patrocinaba la “mejor sosa laxante La Rioja”, esa botica patrocinaba a un señor que le decíamos el Cuarentapelos, porque era medio pelón, y él nos decía: “va a haber fiesta en el Refugio, allá nos vemos todos”. Ahí vamos toda la palomilla. Y empezamos a bailar en la calle, cerraban de este lado y de este, y con la camioneta en medio, con el sonido, ahí en el pavimento bailábamos hasta agotarnos. “Ahora es en San Agustín, o en el Carmen”, o en fulana parte. Nos íbamos. Éramos muy viciosos para el baile.

Como dirían por aquellos viejos tiempos: ¡lo bailado nadie se los quita!

Las fotos, tomadas de internet, no corresponden precisamente a estos recuerdos.


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