jueves, 14 de septiembre de 2017

El malestar del bienestar


En 2004 me dio varicela. Estaba a punto de cumplir 47 años. El virus inoculó primero a las niñas, y un día antes de viajar a la sierra norte de Puebla, una alta temperatura y un malestar general inundaron cada célula de mi cuerpo. Me inoculó a mí. A la semana mi cuerpo entero ostentaba cientos de granos que no me podía rascar bajo amenaza de quedar como López Dóriga. Estaba profundamente debilitado, lloré con un comercial de un brandy donde el hijo llevaba al padre una botella con motivo de su cumpleaños, o algo así. Lo que sigue es una trascripción de escritos hechos en el rigor de los 39 grados, en medio de la enfermedad, cuyo embate duró más o menos una semana, que fue cuando realicé también esos dibujos.


“Cuando entré por primera vez a un maizal me sorprendió la hostilidad de los surcos. Eran mucho más grandes y lodosos de lo que hubiera imaginado. Esa imagen vuelve una y otra vez, cuando miro la condición de mi cabeza.”


“Al tercer día la cabeza es el tema. Los sudores de la fiebre fluyen por los granos capilares. Era ahí donde crece el maíz, la enfermedad tiene matices místicos. Se me apareció Juan Diego, como dicen.”



“Cosas tan elementales como rascarse la nariz, un ojo, una oreja o simplemente tragar saliva se convierten en toda una maniobra.”


Insistía en una analogía con La Pasión de Cristo de Mel Gibson, estrenada ese año.

“El Cristo de Mel Gibson perfectamente representado por un virus. La espalda y el pecho masacrados, la cara una máscara de granos que no respetan ni los lagrimales, el interior de los párpados, ampliamente la mucosa nasal. Y la nariz, en su exterior, convertida en una tuna espinosa. Sobre la fosa nasal derecha una galaxia granulosa. El masacrado Cristo de Gibson, en toda su crudeza, representado por el cuerpo de un señor que resulta ser yo. Sin menoscabo de su sufrimiento, los latigazos de la varicela no respetaron tampoco el ano, el escroto, las axilas y todas las coyunturas.”


“El jueves era aún un exitoso moribundo, cuando el sufriente cree seriamente en ese trágico destino. El viernes, vigilado por la fría y pragmática ciencia, no soy más que un patético bufón desfigurado.”

“El malestar del bienestar. Luego de cuatro días, cuando el heroico cuerpo ha soportado los principales embates del virus, sobreviene el sueño, por fin, y la fiebre de efectos secundarios, el consentido hijo que todos tenemos en nuestro estuche corporal se cobra, casi hasta el desmayo, la carencia de sueño, de alimento, de estreñimiento, noqueándome las siguientes doce horas.”


“Desde niño no había vivido una fiebre alucinatoria. Mis monstruos actuales son los mismos, esas cosas pegajosas que veía en los calenturones que me dieron a mis ocho, once años. No era algo que entonces pudiera explicar, hoy tampoco puedo hacerlo, son monstruos que no puedo explicar.”


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Desdeño para el diseño


En 1979 la UAM-Xochimilco era una unidad recién inaugurada, quedaba en las márgenes de Xochimilco justo en los límites de Chimalhuacán, frente al canal de Chalco que va y desemboca en Cuemanco. Todavía está ahí, claro, pero ahora la urbanización ocupa todo, antes estaba vacío, el campus estaba apartado, no tenía las colonias encima como ocurre hoy.

El sistema modular de educación de la carrera de Diseño Gráfico de la Comunicación, como se llamaba, me decepcionó desde los primeros días, pues se trataba de enfocar nuestras carreras a la sociología, cuando lo que yo esperaba era dibujar sin fin sobre papeles en un restirador. Lo hicimos muy parcialmente, pues estuvimos tirando líneas verticales sobre cartulinas en una materia de dibujo, mientras que las otras cinco consistían en leer un volumen de historia y sociología bastante bien hecho, pero insuficiente para interesar a aquellos estudiantes en esos temas, pues tenían, incluidos los maestros, mentalidad de ingenieros, muy técnicos y poco preparados para la ciencia social.  Pero mal que bien yo traía tres años de historia y sociología marxista de la UNAM, donde cursé la carrera de Estudios Latinoamericanos en Filosofía y Letras, por lo que resulté el tuerto en la tierra de los ciegos.

Como seguramente había pocos maestros, eran los propios arquitectos y diseñadores los encargados de darnos las materias de sociología. Al menos uno de ellos me agarró de su changuito y me puso a dar las clases de historia y de sociología. A mí me resultaba divertido, pero a mis pobres compañeros no.

De la UAM saqué en limpio un mejor pulso para dibujar con ese ejercicio que repetimos todo un año y un poco de práctica para mi futuro empleo de profesor. Calificación 10.
Tuve que abandonar mis estudios por un infortunado accidente automovilístico que me dejó sin vehículo y sin trabajo, pues entonces vivía en Tlalmanalco, hogar de mi hermano Jaime, un antiguo pueblo situado entre Chalco y Amecameca, y trabajaba en la compañía Dupresa, fábrica de durmientes de concreto para ferrocarril, que estaba en Santa Catarina Yecahuizotl, junto a la autopista a Puebla, en el límite sur de la ciudad de México, mientras que estudiaba en Xochimilco.

Una cosa estaba ligada a la otra y,  al prescindir de automóvil, me fue imposible sostener mis otras dos actividades. Sin trabajo no podía pagar la colegiatura, que no era precisamente barata, y sin carro no podía llegar a la escuela.


Como querer es poder, pienso ahora que pude seguir estudiando, pero en realidad la principal causa del abandono fue mi decepción de la academia de Diseño Gráfico de la Comunicación en la UAM, que me pareció mediocre, no le di chance a la carrera de mostrar sus bondades, como supe después que las tenía, me aceleré y la deseché con olímpico y juvenil desprecio. Caro lo habría de pagar, pues me hubiera gustado acabar siendo diseñador, pero la vida es así. Y tienes que comprenderla.