viernes, 11 de agosto de 2017

Sobre las drogas. Entrevista.

Fui entrevistado por la joven universitaria Teresa bajo el tema particular de las drogas en Puebla para un trabajo escolar. El resultado me pareció ilustrador, por ello lo comparto. Hay cosas que uno no piensa si no se las preguntan, y este es el caso de un tema peliagudo como las drogas legales e ilegales que consumimos sin pausa y sin rubor.

1.- ¿Qué opinión tienes del consumo de drogas?

Tengo dos respuestas a esta pregunta, pues hay consumos naturales y hay consumos culturales, muchas veces impuestos por circunstancias que podrían eludirse o al menos mejorarse si se impusieran sin los ánimos económicos que mueven hoy el tráfico de drogas.
En primera instancia, creo que el consumo de drogas es una conducta muy antigua que los humanos usamos como medicinas y estimulantes para muchas dolencias físicas y espirituales. Las drogas son parte de un plan médico de la naturaleza, no solo humana, pues se sabe que muchos animales utilizan también cierto tipo de drogas para auxiliarse. El consumo de drogas, en consecuencia, me parece tan natural como cualquier otro consumo. La fruta, por ejemplo, que nos proporciona tanto placer sensual.

Por otra parte, hay un consumo cultural de drogas, impuesto por tendencias, modas, descubrimientos o simple disponibilidad. A principios de siglo XX el consumo de cocaína era legal, el de la marihuana también. En los años sesenta se descubrió el LSD, que fue en su origen un experimento universitario. Con los años aparecieron gran número de sustancias con un perfil menos experimental y más comercial, cuando el consumo de drogas es movido por criterios económicos, de enormes volúmenes de dinero capaces de sobornar a todas las conciencias individuales y colectivas, del sujeto simple al Estado corporativo.

Tratando de dar una respuesta más sencilla a la pregunta, creo que el consumo de drogas es inmanente a la cultura humana, y que la cultura de la droga no es tanto evitar su consumo sino aprender a consumirlas en su momento y en sus dosis adecuadas, como lo han hecho los europeos con el alcohol. En síntesis, creo que las drogas son necesarias para el funcionamiento de nuestra cultura y nuestras sociedades.

2.- ¿Qué sectores sociales consumen más drogas?

Todos los sectores sociales, todas las etnias, todos los humanos consumen drogas. Esa es la gran discusión. El coctel de drogas que se toma alguna de nuestras tías antes de dormirse y al despertarse en las mañanas, y que vemos con toda naturalidad, pues se las recetó su médico, es una forma socialmente aceptada de drogadicción. Las parapetas que se pone su esposo todos los sábados con brandy nacional también. Ninguno de los dos es un drogadicto, socialmente hablando, aunque clínicamente sí lo sean. Entonces, cuando se habla de drogas, debe comenzarse con las drogas legales. Los bares y cantinas, de tan comunes, apenas son percibidos como establecimientos suministradores de drogas. Las farmacias, por supuesto, también. Los detractores de la legalización de las drogas imaginan un mundo de personas enmariguanadas y cocainizadas sin control, pero tanto las cantinas como las farmacias nos han mostrado que el mundo legal de la droga no es así, que el hecho de que expendan drogas legales no significa que todos andemos hasta atrás de borrachos o drogados con benadril, risperidona, valium o prozac. No nos ocurre.

3.- ¿Hay algún beneficio en el uso de drogas?

De nuevo quiero responder desde dos perspectivas diferentes:
Creo que las drogas mantienen cierto equilibrio en el comportamiento de la gente, la ayudan en ciertos niveles de reflexión, de comportamiento. La experiencia curativa de María Sabina con sus hongos maravillosos es una experiencia filosófica o mística o física que puede ser de gran beneficio para la persona que la viva. De nuevo digo que el uso de la droga depende de su dosis. Y mientras la dosis sea inteligente, controlada, terapéutica, el uso de la droga puede ser muy benéfico para el ser humano. Pero si eso no se comprende y se abusa de la droga, como el biólogo jalapeño que se comió noventa pares de hongos alucinógenos y anduvo con espada y casco, vestido de conquistador español, los siguientes quince años, las consecuencias pueden ser desastrosas. Y muy penosas.
La segunda respuesta tiene que ver con los beneficios económicos, logísticos, políticos, sociales del uso de las drogas, y ahí quienes se benefician son quienes controlan el tráfico y el consumo masivo de las drogas. Si el kilo de cocaína es “puesto” en Matamoros a nueve mil dólares, y al cruzar la frontera y llegar a las calles de Nueva York o Los Ángeles su valor es de cincuenta mil ¿a quién beneficia del uso de esas drogas?, ¿en dónde está la verdadera ganancia de la prohibición de las drogas? Antes de la frontera de los Estados Unidos el 20% de su interés económico desata un pandemónium de muertos, delincuencia organizada, corrupción e inestabilidad social; después de la frontera circula el 80% de su beneficio económico y produce mucha menos violencia ¿quién se beneficia?

Esta ganancia hoy es relativa, Trump declaró esta semana “emergencia nacional” por la epidemia de sobredosis de heroína. De los 60 mil muertos por abuso de drogas en 2016 la mitad correspondió a usuarios legales de opiáceos recetados por médicos contra dolor, insomnio y otros síntomas alternativos. De ellos 35 mil murieron por sobredosis de heroína. Y el 2017 se espera peor.1

4.- ¿Qué opinas de que las drogas sean un sostén económico mundial?

En las actuales circunstancias del gran negocio global de las drogas no veo cómo pueda ser un sostén económico de nadie que no sean los directamente involucrados en su tráfico, que son los sectores gubernamentales de todos los países relacionados al fenómeno. Y sus esbirros. Proporcionalmente se trata de muy poca gente, de muy pocos beneficiarios. No, las drogas no son sostén económico del mundo, pero sí un gran negocio, por eso la conveniencia de mantenerlas prohibidas. Un sostén económico mundial es el petróleo, es la producción de trigo, la industria pesquera.

5.- ¿Crees que el gobierno y sus instancias invierten suficientes esfuerzos en recuperar esa parte enferma de la sociedad?

No creo que ningún gobierno sea ajeno al tráfico de drogas ilegales, me refiero al sector duro de la gobernación, ahí donde se toman las iniciativas de gobierno. Creo que los “esfuerzos” estatales para combatir el uso de drogas son retóricos, con frecuencia demagógicos, aunque puedan existir de esfuerzos bien intencionados, preocupaciones reales de ciertos sectores del poder ajenos a su tráfico, como el de salud o educación.  Y las guardias ciudadanas me parecen una opción creativa para enfrentar la delincuencia organizada ahí donde el Estado no puede o no quiere enfrentarla, como ocurrió en Michoacán.

6.- En qué nivel debe estar una persona para que se considere drogadicta?

Cuando una persona depende de la droga para hacer su papel social esa persona es una adicta. Cuando no puedes realizar algún tipo de actividad, la que sea, sin meterte un cigarro, un trago, un toque o un pericazo, eres un adicto. Es muy fácil ser adicto, todos lo hemos sido en alguna instancia, lo somos. Por otra parte, también con facilidad se convierte en una etiqueta, en un prejuicio social.

7.- Que los jóvenes se droguen ¿de qué es síntoma?

Es un síntoma de juventud, de experiencia y experimentación. El problema no es que se droguen, sino que lo hagan sin ninguna clase de instrucción para drogarse. Nuestra amiguita J. nos contaba cómo en el “antro” su amigo llegaba y depositaba una pastilla en la boca de cada miembro de la mesa, sin siquiera decirles qué les estaba metiendo en la boca. Y las seis u ocho personas ahí sentadas se tragaban aquello. Las malas experiencias de las drogas, como los embarazos y las enfermedades venéreas, son producto de la incomunicación, de la total ausencia de educación familiar y escolar sobre esos temas. Por otra parte, la inmoralidad de los traficantes de drogas, la falta de atención de los Estados que hacen como que “no ven” a los traficantes, la total ausencia de regulaciones y control de las sustancias que circulan en nuestras ciudades propician que los jóvenes consuman veneno adulterado con quién sabe cuánta porquería –llegan a usar hasta raticida para ”cortar” algunas drogas- que causan un gran daño a sus jóvenes consumidores. ¿Por qué no ocurre con drogas legales como el alcohol? (u ocurre en una incidencia insignificante), porque ahí el Estado regula que lo que consumes no tenga etanol, que sea un alcohol bebible, que tenga su listoncito en la tapa de impuestos pagados. Porque ahí hay control, mientras que en las drogas ilegales hay descontrol. Eso es muy perjudicial.

8.- ¿Por qué el drogadicto se vuelve un enfermo ante la sociedad, si el que decidió hacerse daño fue él mismo?

El drogadicto clínico al que te refieres en esta pregunta es un enfermo que en efecto paga las consecuencias de su abuso. La psicosis derivada de un exceso de droga causa trastornos psicológicos y físicos a quien la padece, pero también enfermedades sociales y psicológicas a sus familias y su entorno. No es un juego y las consecuencias no son baladíes, enfrentas un proceso de enfermedad grave, sufrido, riesgoso y costoso, y una sociedad no podría funcionar si estuviera compuesta por estos enfermos. Son una minoría, habitualmente los vemos en las calles deambulando con la mirada perdida o platicando con seres imaginarios.  Estos enfermos por la droga no son ni más ni menos dramáticos que los famosos borrachitos entregados al vicio que terminan tirados en cualquier banqueta, ante la indiferencia social, entregados a sus delirium tremens. Con todo, no creo que él haya decidido hacerse daño a sí mismo, sino que la ignorancia lo condujo a ello, la falta de preparación, de educación, de cultura sobre el consumo de drogas.

9.- Si la droga es una base económica mundial y el drogadicto es quien hace que el dinero circule en este tráfico… ¿Qué postura tienes ante los drogadictos? ¿Marginados o elementos necesarios de la sociedad?

Ya dije mi postura sobre que la droga no es ninguna base económica más que de los delincuentes que la trafican, y que los drogadictos, en esencia, somos todos. Es muy importante clasificar a los llamados drogadictos entre los clínicos, que son enfermos psiquiátricos o adictos compulsivos, que a la mejor se curan con más amor y menos risperidona, y el resto de los seres humanos, que siendo drogadictos no son considerados como tales y hacen una vida normal. Somos nosotros mismos, nuestra tía, que para dormir se toma un coctel que debe transportarla a un planeta muy feliz.

11.-Espacio Libre para reflexiones

Creo que faltó una pregunta sobre la legalización de las drogas que, en esencia, según mi criterio, es el punto de partida que explica las terribles consecuencias que hemos vivido en la última década los mexicanos con un enorme costo de vidas. La paradoja es que la prohibición del alcohol en los Estados Unidos de los años veinte produjo una violencia similar, con los mismos costos de zozobra y padecimiento social. Creo que las drogas deberían legalizarse, todas, y aquellos que temen que la gente comenzaría a morir de sobredosis que abran sus periódicos y lean que la gente que iba a morir de sobredosis está muriendo de sobredosis, como ocurre en los Estados Unidos, pues la prohibición de las drogas no inhibe ni su consumo ni su disponibilidad. Es decir, las drogas están ahí, a la venta. Su prohibición lo único que produce son especulación y mafias (contrabando, sobornos, corrupción), además de drogas de muy mala calidad porque nadie las controla, ni regula, ni selecciona. El mundo contemporáneo de la oferta y la demanda no se merece un producto tan insolvente como ese.

Nota
1 De Llano, Pablo, El País, 11 de agosto de 2017: Trump declara “emergencia nacional” la epidemia de heroína.


martes, 4 de julio de 2017

De los chicles motita a la mota chiclosa


Gracias a mi camarada Eleele por su respuesta honesta sobre la marihuana:

"A la pregunta que usted me formula sobre si soy un marihuano, tengo algunas respuestas: soy un marihuano. He consumido cannabis durante 25 años y déjenme decirlo de una buena vez: no me arrepiento.

A mis 25 años corrí el riesgo muy grave de volverme, además, alcohólico. Me hizo mucho daño físico, mental y social.  La mota, en cambio, siempre me ayudó, me relajó, me hizo reflexionar sobre un montón de cosas útiles y muchas cosas inútiles. Nunca fui un atascado, como llamábamos a ciertas amistades que podían fumarse un churro tras otro. Habrías de ver a R., era capaz de fumar durante ocho horas seguidas, cada quince minutos, tremendo churro que lo regresaba a órbita, su temperamento espacial. ¡Qué ojitos, mi R.!

Yo no, desde que empecé a fumarla me di cuenta que era muy sensible a los efectos de la marihuana, con dos o tres jaladas me pongo hasta atrás, y volver a fumar a la media hora –cosa que por supuesto hice varias veces- me deprimía, me apachurraba. Un día comprendí que lo mío era fumar una sola vez, disfrutar sus efectos que me ayudan a centrar algunas discusiones y esperar a que pase.

Hace cuarenta años no había tanta marihuana como ahora. A veces escaseaba y duraba tres, cuatro, seis meses sin fumar. Uno andaba ”erizo” en esos momentos, pero, por otro lado, era muy fácil entender que la dulce mota no era adictiva, al menos en las cantidades en que yo la fumaba. Claro que después de algunos meses se me antojaba un “join”, pero no pasaba de eso. Ni sudaba, ni me desgarraba la ropa, ni robaba a mi abuelita para consumir, primero porque mi pobre abuelita ya había muerto, porque casi nunca necesité robar y porque siempre fui un fumador de gorra, consumía tan poco que nunca faltaba quién me invitara unos jaloncitos.

Ahorita, por ejemplo, hace como dos años que no me doy un toquecito, tal vez más, porque es muy riesgoso intentar conseguirla, no tengo los contactos, no tengo intención y por lo tanto no tengo mota. No pasa nada. Me molesta la hipocresía social respecto a ella, nadie acepta que es un atascado o que la usa para relajarse los fines de semana, y quien se atreve a confesarlo es quemado en una pira virtual y etiquetado de drogadicto; leí en un artículo el porcentaje de presos por posesión de marihuana que es muy superior al de los traficantes. Hay todo un protocolo policiaco de sofisticación psicológica para agarrar incautos y sangrar a sus familiares con una o más mochadas. A mi amigo Pepe, a la sazón homosexual, lo agarraron afuera de su casa en Tepito –hace ya algunos años, Pepe ya hasta murió-, junto con su amigo los subieron a la patrulla y camino a la delegación los obligaron a fumarse tremendo churro de una mota súper poderosa que sacaron los polis. “No, gracias”, dijo el inocente cuando el poli le pasó el carrujo tras haberle dado él mismo tremenda jaladota. “¿Cómo chingaos no?”, le respondió el representante de la ley con un sopapo en el occipital. Bueno, pues ahí tienen al Pepe y a su amigo dándose tremendos “pasón” en la parte posterior de la patrulla, en plenas calles del Distrito Federal. No quiero decirles en qué estado llegaron a la delegación, parecían semáforos y apenas eran capaces de hablar. El sujeto que lo interrogó le exigía una felación ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Nada, solo que allá adentro hacen exactamente lo que les da la gana.
Pues bueno, estuvieron muchas horas allí hasta que acudió su hermana –y los papás del amigo- a pagar tremenda mordida para sacar de la cárcel a los muchachos.

La mota a mí no me ha hecho nada, pero esas cosas sí. La indignación que me producen todos los abusos policiales y sociales con el pretexto de su prohibición. En mi experiencia personal se trató de una macaniza en plena calzada de Tlalpan. Gratis. Regresábamos de clases en CU en mi vochito y me acompañaban mis compañeros de la ENAH Rodolfo y Raúl. Íbamos alegres porque siempre estábamos alegres, pero eso les pareció muy sospechoso a unos tiras que iban en un carro común y corriente y tal vez no habían comido y decidieron que nosotros les pagaríamos los tacos, o qué se yo. Porque así de azarosa es la vida. Yo cargaba en la parte de atrás, en el hueco entre el respaldo y el vidrio que tienen los VW, dos bolsas de basura que había sacado de mi casa para tirarlas en  un contenedor del que ya era cliente, y fueron las primeras cosas que hicieron esos desgraciados: vaciar las bolsas –entonces fumaba muchos cigarros, todo el día y mis ceniceros eran cosa seria, además de papel sanitario sellado y toda la porquería que uno produce diariamente y terminas tirando a la basura que pasa los jueves-, las vaciaron sobre el asiento de atrás para escudriñar mi intimidad.  A los tres nos bajaron a jalones; a Raúl, que tenía el pelo largo, lo sacaron de las greñas; yo quise defenderme “legalmente”, pues algo sabía de mis derechos, puse un poste de metal en medio del judicial y traté de dialogar, mientras él me tiraba bastonazos a las piernas pero le pegaba al poste ¡clanc!, ¡clanc! Eso lo enfureció aun más.

No sé por qué estaban tan enojados, como si fuéramos los peores delincuentes de la ciudad. En un momento dado me alcanzó una rodilla y caí al piso como una rosa en mar revuelto. Rodé por la banqueta tratando de levantarme solo, pero él me ayudó a levantarme a bastonazos. ¿Por qué me pegas?, me acuerdo que le repetía. Saqué mis credenciales de estudiante, de burócrata –mis amigos ya habían hecho lo propio, pues uno de ellos trabajaba en Correos- y en esas estábamos cuando se acercó quien parecía el jefe y les dijo a sus esbirros no sin decepción: “Están limpios, ni cocos traen”. Los cocos eran el nombre coloquial para las semillas de la “mois”. Realmente no hubiera metido las manos al fuego si me hubieran preguntado si había o no semillas en mis bolsas de basura, pero Baco es grande y en esa ocasión no había una sola semillita. Nos dieron un empujón y se retiraron para irse en su vehículo destartalado en busca de mejores clientes. Supusimos que eran judiciales, por sus modales, pero en realidad nunca se identificaron. Hicimos una tregua a nuestra acostumbrada alegría y subimos a mi vocho pensativos y sacados de onda. Nunca se me olvidará la infamia y su estrecha relación con la marihuana. Porque era eso lo que buscaban los judiciales, una colilla o ya de perdis unos cocos.

Así que no, nada tengo que reprochar a la dulce mota, pero sí a lo que ocurre a su alrededor, incluidos los grupitos de pachecos que tan mala fama le han dado y que, a decir verdad, se ponen bastante estúpidos cuando andan hasta atrás.

Siempre he preferido la soledad para esa afición, la parte introspectiva de la juana. Preferible siempre a un dañino e indigesto jaibol. Lo paradójico es que te puedes zampar diez jaiboles frente a todo mundo, salir tambaleando del bar y subirte a tu coche, y nadie te dice nada porque es legal, pero no se te ocurra decir que hace 120 años fumaste mota –como le pasó a Bill Clinton, porque los gringos son los más hipócritas de todos-, para que te lo estén recordando cada vez que abras la boca.

Sobre la pregunta de si estoy de acuerdo en su legalización. Yo dirían que sí, que debe ser legal."

L.L.

domingo, 25 de junio de 2017

Mortal al final de cuentas


A principios del mes de junio de 2009 el mundo recibió con un bostezo el anuncio de una nueva gira del rey del pop, Michael Jackson, luego de diez años de silencio musical pero mucho barullo en torno de una vida disipada y difícil como debe ser la de un semidios de quien el mundo está perpetuamente pendiente, con una curiosidad humana que no tiene llenadera y cada vez más interesada en los detalles morbosos y repulsivos de sus ídolos. Es decir, por una década Michael no había vuelto a darnos una alegría visual o auditiva y sí muchas preocupaciones sobre su mansión de cien millones o los niños de trece que lo enloquecían; cuando no amenazaba con tirar un bebé por la ventana se mochaba un nuevo pedazo de nariz, compraba un terreno en Júpiter o alguien llenaba sus brazos de dorados Grammys.

Así estábamos cuando, sorpresivamente, la mañana del 25 de junio de 2009 Michael Jackson sufrió un problema cardiorespiratorio y murió. ¿Cómo es posible? O mejor, ¡no es posible! Claro que sí. El doctor Conrad Murray ganaba 150 mil dólares mensuales por llenar al astro de propofol, un agente anestésico que se usa en cuidados intensivos, que le quitaba cualquier resquicio de dolor, pero que a sus 51 años su cuerpo no lo pudo soportar. Aunque fue atendido por el 911 solo nueve minutos después del colapso, Michael murió en el hospital Ronald Reagan UCLA Medical Center de Los Ángeles, California, a las 14 horas con 26 minutos. No era posible. Que sí.

Quienes lo conocimos en una película de miedo más bien mala por allá de 1972, llamada Ben, la rata asesina, recordamos al pequeño Michael cantando inopinadamente una bonita canción llamada Ben y dedicada a una rata espantosa que comandaba a dos millones de homólogas bajo las calles de Nueva York; nunca imaginamos que ese simpático y agraciado negrito, que era parte de un conjunto musical de hermanos llamado The Jackson Five, se convertiría en el Rey del Pop, un monstruo estadístico que diez años después devoraba un mundo con cifras (de dólares, de espectadores, de discos) de millones y miles de millones.


Tras la publicación de Thriller en 1982 supimos que fue el disco más vendido de la historia y que lo siguieron otros discos que también figuran entre los más vendidos de todos los tiempos; en total vendió 400 millones; recibió 400 premios; quince Grammys, fue el artista más donador de dinero para causas filantrópicas; su autobiografía vendió 500 mil ejemplares y su funeral lo vieron dos mil millones de personas por televisión. Solo en 1989 ganó la friolera de 125 millones de dólares y su video Thriller, el primer musical de horror, con sus muertos bailantes, fue considerado como el mejor vídeo musical de todos los tiempos.


Pero el día de hoy estaba ahí, tieso, como cualquier otro despojo humano que ha caducado, incapaz de hacer su famoso pasito lunar (moonwalk) que retomó de algún lugar del teatro y de la mímica, o de producir su famoso sonido musical que mezclaba tan armoniosamente el rhythm& blues, el soul, el funk, el disco y el dance. Eso que yacía en el piso de esa fastuosa mansión alquilada y después en aquella camilla común era el frágil equipo, humano demasiado humano, de la estrella del pop más exitosa de la historia.

sábado, 24 de junio de 2017

El eterno retorno de Jeff Beck


Jeff Beck es un caso curioso en la historia del rock and roll, se trata de un músico histórico de gran influencia entre los guitarristas de todo el mundo, un músico de quien se dice que estableció las bases del heavy metal, que forma parte de la trinidad guitarrística de The Yardbirds, con Eric Clapton y Jimmy Page, y sin embargo, tras sesenta años de andar en el ajo, su éxito es relativamente reciente.

Jeff Beck nace en Londres el 24 de junio de 1944 y participó, además de en The Yardbirds, en numerosos grupos estables y esporádicos en los años sesenta y setenta. Una característica de este guitarrista de rock y blues fue su inconsistencia, su permanente mutación y evaporación que lo ausentó de la música y los escenarios innumerables veces; a veces meses, en ocasiones años. Pero siempre volvió, eso sí. Otra extraña característica de Jeff Beck fue el poco éxito -de crítica y de ventas- de su música. Antes de Flash de 1980, que le dio su primer y único hit en single de su historia, Beck no vio claro. Al año siguiente ganó su primer Grammy, de los cinco que lleva.

Como estilista, a pesar de que se le atribuye la paternidad del heavy metal, Jeff Beck nunca ha sido encasillado por la crítica. Es como una obra de cera, mutante y polimorfo, que lo mismo se le encuentra interpretando blues rock que el heavy metal, jazz fusión, techno
y música electrónica. Hay quien afirma que inventó un género que combina blues con rock progresivo, pero váyase a saber. Su técnica no abusa del efecto electrónico, pero se le considera pionero en el uso del pedal que maneja como un maestro desde su guitarra Fender Stratocaster, a la que saca infinidad de sonidos a  base de digitación y uso del vibrato. Su influencia es notoria en grandes guitarristas como Van Halen o Joe Satriani.


Como sea, no hay nadie en la música que le regatee a Jeff Beck su importante y prolongada presencia en el escenario del rock y el gran reconocimiento que goza en la comunidad de guitarristas. Por eso Mick Jagger lo incluyó en sus primeros discos en solitario y, posteriormente, lo hicieron Jon Bon Jovi, Roger Waters y el maestro B.B. King. En 2010 Jeff Beck obtuvo su quinto Grammy con su álbum "Emotion & Commotion", que celebró con una gira y, al finalizar, anunció su retiro. Así es Jeff Beck, que debería apodarse Get Back, se cansa y se va, pero siempre regresa.

viernes, 23 de junio de 2017

Danza con diablos


Glenn Danzig es un típico caso de los nacidos en la llamada generación Baby Boom, espantoso nombre para designar a aquellos que han nacido entre 1948 y 1960, demasiado jóvenes para recordar el horror de la guerra mundial y demasiado viejos para ser amigos de sus padres, al menos en la adolescencia. Estos seres, sin embargo, ya no tuvieron las restricciones de la generación anterior, tuvieron cierta libertad para creer, para abrazar, para soñar.

El caso de Glenn Danzig, decía, estuvo marcado por el choque entre el pasado y el presente que vivió aquella generación. Su padre, moderno por ser técnico de televisores, pero antiguo por ser un marine veterano de las guerras de Europa y Corea, era su enemigo. Glenn nace el 23 de junio de 1955 en Nueva Jersey como miembro de una familia protestante, de padre autoritario y madre obediente. El país, sin embargo, marcaba su propio ritmo.

Glenn Danzig es un artista un poco oscuro dedicado al canto, a la composición y la  música, pero además es empresario disquero, escritor y coleccionista de libros y cómics para adultos y sobre temas oscuros como el horror, la sangre, el ocultismo, el erotismo y la religión. Un producto fiel a su generación, con algunas singularidades.
Danzing comenzó muy pequeño sus andanzas en la música. No era, y nunca lo fue, un prodigio de nada, sino un joven trabajador, ingenioso y atrevido. Se le atribuye haber sido uno de los creadores del género horror punk, fundador de bandas como The Misfits, Samhain y sobre todo Danzig, la corona de su pastel económico y profesional.

A mediados de los setenta la influencia obvia era Morrison y Black Sabath, de donde aquellos grupos juveniles extraían el elixir para crear rolitas en los géneros punk rock, heavy metal, metal industrial y blues. Danzing resultó tan efectivo, que escribió canciones para músicos históricos como Johnny Cash y Roy Orbinson.

La música de Glenn Danzig se caracterizó por su sonido gótico-death-rock que combinaba bien con su voz de barítono comparada por muchos con la de Elvis y Jim Morrison, un ritmo más bien lento y pesado, muy pesado, que tenía claras influencias del blues tradicional y, por supuesto, del heavy metal. En los últimos tiempos, sin embargo, su música se inclinó hacia el llamado goth metal.


Este día, que cumple 62 años, Glenn es, en sus propias palabras, una persona hermética a la que no se le conoce esposa o hijos; le gusta el escenario, pero no le gusta que en las giras no haya nada qué hacer durante todo el día, por eso opta por evitarlas; prefiere dedicarse a sus famosas colecciones de comics clásicos o su célebre biblioteca de libros de ocultismo, historia religiosa, asesinatos y el Nuevo Orden Mundial. Ahí está, pues, escuchando incansablemente a sus adorados Wagner, Prokofiev, Saint-Saëns y Carl Orff, con discretos seguidores en todo el mundo, en realidad lejos de su descripción periodística que lo tacha de satánico y más bien nietszchano, percibiendo y dando al mundo, en sus propias palabras, tanto "su luz como su lado oscuro". Sea, pues.

jueves, 22 de junio de 2017

Eliades el chico


Muchos conocimos a Eliades Ochoa gracias a su relación con Buena Vista Social Club y particularmente por la película de Wim Wenders sobre esta organización musical compuesta por octogenarios habaneros que respiraban ritmo, historia musical, esencia sonera. Eliades era, dicho de manera coloquial, el “ranchero” guajiro que se acomodaba entre los dandis capitalinos, pues nació en Loma de la Avispa, allá por Santiago de Cuba, el 22 de junio de 1946.

Eliades Ochoa era, sin embargo, un guitarrista y cantante cubano conocido para los melómanos y cubanófilos enterados, ya que fue el guitarrista de Trinchera Agraria, un politizado grupo de finales de los años sesenta, donde estaban sus hermanos Orlando y María, que fue fundado por los artistas-activistas Heriberto Sánchez y Luis Bello. Eliades fungía entonces como tresero, es decir, tocaba el cubanísimo tres, un instrumento local derivado de la guitarra pero de tres cuerdas e inventado precisamente en el oriente campirano.

Además de Eliades y sus dos hermanos, a Trinchera Agraria lo integraban la cantante Ofelia, Dazú en el laud y Rey Costafreda en el pie forzado, una modalidad del verso de cuatro palabras que se improvisaba con agilidad y exactitud métrica ante el desafío del contrincante, con versos de cuatro palabras o de diez, cuartetas y décimas, con lo que armaban largas y divertidas discusiones musicales que podían durar horas.
Diez años después Eliades Ochoa formó parte de un cuarteto muy tradicional que lleva, hasta la fecha, funcionando desde 1940: el Cuarteto Patria. Como tal, en este grupo se emprenden viajes musicales a través del tiempo y los géneros cubanos y caribes; de la guaracha a la guajira, el bolero y el son. Esta experiencia le permitió a Ochoa compaginar musicalmente con prácticamente cualquier músico de la isla, además de empaparse de tradición.


Así es como llegó su asociación con los catrines de la Habana del Buenavista Social Club, en donde fue gratamente recibido. Como era el joven de la banda, le fue tocado despedir de la vida a sus colegas, uno por uno, Manuel "Puntillita" Licea, Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva han ido entregando el equipo (colgando los tenis, diríamos aquí) y los “jóvenes” como Eliades (OmaraPortuondo, Manuel "Guajiro" Mirabal, Amadito Valdés y Barbarito Torres), forzados a mirar nuevos horizontes. Ochoa grabó entonces un álbum con el músico africano Manu Dibango y unos años después con Bløf, una banda holandesa que se acopló a su ritmo. No se sabe a ciencia cierta a dónde va, menos ahora con el levantamiento del bloqueo yanqui, pero Eliades Ochoa sabe perfectamente de dónde viene. 

miércoles, 21 de junio de 2017

Manu Chao


El 15 de abril de 2009 un músico francés enervó a las autoridades mexicanas por sus declaraciones sobre la brutal represión de la policía a los pobladores de San Salvador Atenco tres años antes; lo acusaron de desacato a la autoridad y fue medio corrido del país. Era Manu Chao, un artista multicolor muy conocido para entonces por su intransigencia con los autoritarismos.

Manu Chao nació en París el 21 de junio de 1961 en una pareja española exiliada de la dictadura franquista; hijo de un periodista, su infancia fue arropada con el humo de incontables cigarrillos que las discusiones intelectuales consumían en la sala de su casa. Él y su hermano Antoine crecieron en un ambiente de libertad y soltura que les permitió desde muy jovencitos elegir el camino de sus vidas: serían músicos.

De adolescentes comenzaron sus correrías en el metro y en las calles de París que, más pronto que tarde, se convirtieron en grupos musicales con nombres chistocitos como Hot Pants y Los Carayos, de efímera existencia. Un buen día de 1987, en compañía de su amigo Santiago Casiriego, que tocaba la batería, los hermanos, con Antoine en la trompeta y Manu en la guitarra, fundaron Mano Negra que los llevaría a dejar, tal vez contra su voluntad, la vida callejera.

Mano Negra vino a ser una bocanada de aire fresco en una agotada escena de la música alternativa de la capital francesa. Estos jóvenes de estilos y lenguajes diversos cantaban lo mismo en francés que en español, portugués, gallego o inglés. Su sonido provenía igualmente de destinos improbables, era una combinación de rock, rumba, hip-hop, salsa, raï y punk que algún ingenioso bautizó como estilo Patchanka, derivado de la alegre pachanga que se armaba cada vez que acometían sus ritmos.

Mano Negra fue un éxito rotundo en países como Holanda, Bélgica, Alemania e Italia y, a partir de los años 90, en América Latina. Luego de su gira por Estados Unidos como teloneros de la banda Iggy Pop, cuando su material era fundamentalmente en inglés, Mano Negra concentró sus objetivos al subcontinente latinoamericano donde los Chao encontraron una esencia que sin duda andaban buscando con su heterogéneo combo multirracial, su lucha por la libertad, los ideales políticos, el amor porque sí, la vida marginal y la inmigración.

Convencidos de su extraña cruzada, en 1992 Mano Negra se embarcó en un barco alquilado y en él recorrieron ciudades y pueblos costeros de México, Colombia, Venezuela, Brasil y Santo Domingo actuando en barriadas y pueblos de las selvas, elevando su activismo a niveles casi mitológicos y predicando impresentables adhesiones a movimientos contestatarios como el altermundista Attac, los zapatistas mexicanos, los sin tierra brasileños y cantando a favor de la marihuana.


Tanta actividad artística, ideológica y espiritual desgastó a Mano Negra y provocó su disolución en 1995. Chao fundó entonces Radio Bemba, trinchera desde la que fraguó su siguiente atentado: Clandestino, “la música del siglo XXI” consideró The New York Times, impresionado por la avalancha humana que provocó su presentación en Central Park. Clandestino vendió cinco millones de copias, pero lejos de provocar alguna reingeniería comercial en los proyectos de Manu Chao, lo que hizo fue que el músico francés se refugiara en un espectáculo de circo que presenta en pueblos aledaños a su residencia en Barcelona, España. Ese es Manu Chao, un bicho raro, que hoy cumple 56.