jueves, 19 de octubre de 2017

El saber de la ciudad

Esta es la entrada número 1000 
de Mitos sin sustancia.

La ciudad del saber es un concepto urbanístico de origen ambiguo. En Puebla hay quien se lo atribuye a Alfonso Vélez Pliego, que insistió en el tema de aprovechar la enorme infraestructura cultural de Puebla para atraer atención académica, cultural, turística a nuestra ciudad; planes sobre el tema se han presentado a los gobiernos municipal y estatal en los últimas dos décadas. ¿Por qué no pasa nada? ¿O sí pasa? Uno de los académicos que mayormente ha insistido en este tema ha sido el Dr. Carlos Montero Pantoja, que hace tiempo me había mostrado un itinerario que un supuesto “turista académico” seguiría por los archivos y las bibliotecas de Puebla. Esa fue la razón de mi visita a su oficina en la segunda planta de La Casa de la Aduana Vieja a donde, para no variar, llegué sin avisar.



Mitos sin sustancia: Tú tienes un proyecto cultural desde hace mucho tiempo para Puebla, una ciudad eminentemente universitaria, con una población de 200 mil estudiantes. ¿Cuál es tu plan?

Carlos Montero: El plan es convertir a Puebla en una ciudad del saber donde los temas principales sean la ciencia, el arte y la cultura en general, aspectos esenciales en la formación humanista de la gente, atendiendo a varias vocaciones o a varias características. Menciono solo dos: el proyecto de la ciudad de Puebla fue un proyecto de ciudad humanista porque fue un proyecto de ciudad renacentista, de ahí el trazado, la geometría, la concepción de esta ciudad de Puebla. Y luego, que una de sus vocaciones de siempre ha sido la de la enseñanza, porque aquí tuvimos colegios bastante importantes para una ciudad pequeña de la época colonial.

MSS: ¿Puedes ampliar un poco esa visión?

C.M. Durante la época colonial la ciudad de Puebla llegó a tener, en su plenitud, muy cerca del siglo XIX, sesenta mil habitantes, pero de ahí hacia atrás fue mucho más pequeña, lo que no impidió su gran desarrollo educativo. Tuvimos el Colegio de San Luis, en la 5 de mayo entre la 8 y la 10 poniente; tuvimos el Colegio de San Jerónimo, que hoy es la Escuela de Psicología; el Colegio del Espíritu Santo que es el Carolino, el Colegio de San Ignacio que fue el palacio de gobierno allá en Reforma, el de San Ildefonso enfrente; los edificios que llamamos El Hospicio y el de San Javier en el Instituto Cultural Poblano, colegios jesuitas. Exceptuando el de San Luis, todos esos fueron conventos jesuitas. Y luego tuvimos colegios tridentinos, que fueron San Juan, San Pedro, San Pablo y San Pantaleón, que son los que están al costado sur de la Catedral de Puebla, hoy la Casa de Cultura, oficinas del Tribunal Superior de Justicia y de la Secretaria de Turismo.

Los colegios, precisamente, porque esta ciudad estaba ya destinada a esa vocación de la enseñanza, a convertirse en México en un lugar del saber, como Alcalá, como Salamanca en España. Esos conceptos, o esos modelos, también nos llegaron aquí a nuestro país, y si bien por razones políticas ninguno de ellos llegó a tener categoría de universidad, es porque nunca quisieron que, fuera de la Universidad de México, hubiera otra universidad; pero, no obstante, muchos de los cursos que se impartían aquí fueron reconocidos y venían de la Universidad de México a verificar o a examinar estudiantes para que los cursos tuvieran esa categoría; o venían profesores a impartir los cursos acá. O sea que eso nos habla de que esto ha existido siempre, Puebla ha tenido esa característica y por eso no es extraño que siga con esa vocación aún en el presente.


Esos intercambios que se dan en el mundo no se estudian si no se reconocen, pero lo vemos, lo sentimos, lo vivimos, porque aquí en este cubículo donde me estás entrevistando vienen colegas míos de Alemania, de Argentina, de España, de todos lados… Y bueno, ellos vienen a trabajar, casi siempre, pero también hacen una parte de turismo. Y a eso es a lo que yo le llamo turismo cultural, y también turismo académico, turismo científico. O vienen  estudiantes, tú conociste a Esteban, un chico que vino a la ciudad de Puebla a hacer turismo, estaba interesado en el tema de patrimonial,  entró a mi oficina a preguntar qué hacía yo y se quedó a trabajar conmigo tres años en proyectos de investigación. Hay mucho turismo joven que sí, va a visitar la ciudad, mira la ciudad, mira los museos, pero luego hay otras partes que no hemos estudiando a detalle y que son esto: gente a la que le gustan los libros y que se mueve también en los mercados de pulgas buscando antigüedades, eso también es turismo. Y que tú vas a las bibliotecas, vas a los archivos, te mueves en ese otro ámbito, ahí están ellos. Si Puebla tiene todo eso, pues Puebla debiera potenciar eso que tiene, que es otra riqueza  y que debemos ponerla al servicio, desde luego y principalmente de los poblanos, y luego ya de mucha otra gente que está interesada en ello, porque sí hay turismo para todo eso, si uno informa que tenemos un incunable, como en La Fragua que tiene incunables, que tiene códices, que tiene libros de botánica, de aquella herbolaria que se llevó a España; si tú divulgas eso te encuentras en el mundo, ya sumados, a  miles que pueden interesarse en venir a consultar y conocer o a escuchar a un especialista. Que ese es otro detalle, cuando hablamos de los padrones de investigadores, pues sí, sacamos una lista, o se dan  números: tenemos 300 investigadores inscritos en el padrón nacional. Bien. ¿Y eso qué te dice? Pero si uno dice: tenemos un especialista en botánica prehispánica, habrá en el mundo otros colegas que se interesen, como le sucede a uno en la red, donde de pronto alguien te pregunta: oye estoy interesado en este tema. Y empiezan los comentarios.

Hay muchos otros temas, objetos de estudio, más mundanos como la gastronomía, la comida fusión, comidas mestizas y demás, pues ¿dónde están? Las tenemos ahí en nuestro territorio, que el frijol, que el maíz, que el chile, que la calabaza, la flor de calabaza. Hay muchos interesados en conocer cómo se da la flor de calabaza, cómo se cosecha el nopal. Y esa riqueza, que es parte de nuestra cultura, no se promueve. Y es de eso de lo que habla este proyecto de la ciudad del saber.

MSS: Mencionabas un trayecto, un  circuito donde señalabas bibliotecas y archivos de la ciudad.

C.M. Sí, son las sendas, sendas que sí se ejecutaron como proyecto en el trienio de Blanca Alcalá, no toda, pero tuvo esa intención, un poco de guía, de encaminar a la gente. Encaminar lo digo con todo el sentido de la palabra, de que vaya caminando por la ciudad, y que entonces, para efectos de guía, le digas: mira, en este trayecto tú vas a encontrar, por ejemplo, tal cosa de comida, de bebida, de arte, de música, de arquitectura, de memoria, todo eso puedes hacerlo aquí. Por ahí va la intención de las sendas. Y la senda del saber es una senda muy especializada, en donde uno mira los colegios que existen materialmente, pero sobre todo sus bibliotecas y sus archivos. Y tenemos una biblioteca extraordinaria en el antiguo colegio del Espíritu Santo, que es la biblioteca José María Lafragua, ya lo decíamos, con incunables, con códices, con libros antiguos y modernos, con una sala de lectura bellísima, con actividades, presentaciones de libros, un lugar a donde uno puede llegar con toda tranquilidad y consultar un libro; lo mismo tenemos la biblioteca Palafoxiana, que se puede consultar y que pareciera para turistas y no, es una biblioteca que se puede consultar, solo hay que saber lenguas muertas, latín, griego, no sé qué otra lengua, español antiguo, etcétera. Pero, por lo demás, todo mundo puede llegar como investigador y consultar los libros: el Archivo Municipal, donde está la memoria de la ciudad y más, porque en cuanto no hubo, por ejemplo, autoridades reconocidas por la corona, de Tlaxcala, de otros sitios, todo se venía a concentrar a Puebla, donde hay un archivo importantísimo. Y luego tenemos los archivos de la propia universidad, que son los archivos de la memoria universitaria, que le llamo yo, está en la Avenida Reforma, antes de llegar a la 7 sur, está el archivo de la memoria histórica, pero abrieron otro que está en Analco, en la antigua casa de Ovando, donde incluso tienen un museíto pequeño y algo de lectura. Y luego tenemos toda la memoria del estado, que está en el Instituto Cultural Poblano: archivo de notarías, archivo del registro público de la propiedad, la hemeroteca más completa que tenemos, y otra biblioteca especializada en temas poblanos, que se remonta también a los siglos coloniales, donde hay documentos del siglo XVI. Tengo entendido que se va a trasladar una parte, me parece que el archivo de notarías, al antiguo hospicio, ahí en esa parte que están restaurando. Así que tenemos todavía los colegios, los archivos, todo para el turismo académico, para el turismo científico.

Pero a dónde va todo eso. Pues resulta que no tenemos residencias, no tenemos espacios idóneos para este tipo de turistas, porque ese turista requiere, por ejemplo, de un escritorio, requiere de espacios adecuados para poder crear, sean artistas o no; esa hotelería o ese tipo de hostales, que además deben ser baratos, pues es un turista que no cuenta con recursos para estar en un hotel de cinco estrellas, pero tampoco es pobre como un  estudiante. Eso es lo que nosotros trabajamos y estudiamos, porque a ese turista hay que atenderlo. Nosotros mismos, en esta universidad, yo siempre lo pongo de ejemplo, no como queja, pero sí como paradoja: no puede ser que siendo la principal universidad de este estado no tenga residencias para atender a tantos invitados que vienen a las distintas escuelas de esta universidad, y lo mismo de estudiantes. Promovemos los intercambios y presumimos de que vienen estudiantes de todo el mundo, y sí vienen, es cierto, pero tampoco les ofrecemos lo que podríamos ofrecer.

MSS: ¿Hay un hotel de la BUAP, no?

C.M. Hay una casita que se preparó para la Escuela de Turismo, que tiene la sección de hotelería, etcétera, es para ejercicios académicos, y no dudo que de vez en cuando lleven a alguien, cuando algún director no quiera pagar la estancia de sus investigadores en un buen hotel. Pero eso no está bien, debiera tener la infraestructura turística necesaria para atender ese perfil de visitantes. Nosotros tenemos edificios, por ejemplo propusimos que el edificio Arronte fuera una residencia para profesores. ¿Por qué el edificio Arronte?, porque históricamente ahí estuvo el primer hotel de esta ciudad, en el concepto actual, el primer hotel de esta ciudad estuvo ahí, en el edificio Arronte, entonces en el espacio se recuperaría también este concepto. Y en el propio diseño, que por eso se le echó el tercer piso -que es el que hoy está causando problemas estructurales-, propiamente para su función  de hotel. Toda la renovación interior que hoy vemos fue para ese hotel, ¿por qué se hermoseó el patio?, porque el patio era el restaurante.

MSS: La ciudad del saber, entonces, es una promesa, un concepto de turismo distinto al que tienen en la cabeza las autoridades que llegan y se van en esta ciudad; una forma de recobrar una antigua tradición de Puebla en el sentido educativo, y de poner sobre la mesa del desarrollo económico y turístico, tan cacareados por todos, un aspecto original, elegante, pulcro y con un gran futuro sobre la personalidad histórica y arquitectónica de Puebla. Es como darle un diploma que siempre se le ha negado, como reconocer lo que es, no lo que queremos que sea, o alguien con mucho poder quiere que sea, una suerte de Disney Word mecanizada llena de japoneses detrás de sus cámaras fotográficas. La ciudad del saber, simplemente, es un reconocimiento a la prosapia, la categoría de una ciudad que a lo largo de cinco siglos se ha ganado su lugar en la historia.

jueves, 12 de octubre de 2017

Manuel Esperón


El doctor David Sánchez Rodríguez fue un médico radiólogo poblano que conducía en nuestra estación un programa semanal llamado Caminos de Ayer; era la radiodifusora de Sergio Mastretta y sus hermanos en la ciudad de Puebla, en la frecuencia del 105.1 FM. Yo era productor. Cuando el programa arrancó fungí de patiño de David unos dos años, antes de convencer al pediatra Luis Di Lauro para que fuera su patiño los siguientes años. Porque era claro desde el principio que el programa de David Sánchez iba a durar hasta que el cuerpo le aguantara, como ocurrió.

Durante una hora, a las 8 de la noche, el doctor programaba boleros de su selecta discoteca particular y hacía comentarios entre canción y canción. Y sabía mucho, eso que ni qué: anécdotas de primera mano, datos raros sobre las canciones o sus autores y más. El Doctor Sánchez tuvo algún momento de farándula en su vida y conocía a gente del medio como Amparo Montes, que estuvo en el programa, Carmela y Rafael con quienes compartimos una noche deliciosa, Chucho Zarzoza y Pepe Jara, que en algún momento nos acompañaron.

Así fue como un día se presentó don Manuel Esperón más puesto que un calcetín para recibir un modesto homenaje de nuestra parte. Lo acompañaba su esposa y don Manuel, con sus 83 años a cuestas, se había venido manejando él mismo desde la ciudad de México.

Ataviado con la boina vasca que tanto le gustaba, don Manuel era un anciano caluroso y anecdótico. Se sentó en el micrófono, aceptó un té y nos congració con historias del cine mexicano que había vivido en su larga carrera de 489 películas del cine nacional; de su poblanidad, como hijo de una pianista académica de la ciudad de Puebla, que fue el primer estímulo en su carrera musical; de cuando fue pianista en las salas de cine mudo, hasta que le tocó musicalizar su primera película, La mujer del puerto, del director Arcady Boytler. Anécdotas de la farándula, de la carpa, de la radio (fue director artístico de varias estaciones) y, desde luego, de los entretelones del cine mexicano.


Don Manuel Esperón estuvo, por ejemplo, en la dramática escena del incendio de la carpintería de Pepe el Toro en Nosotros los Pobres; después de la escena –nos platicó-, Pedro Infante se fue tras bambalinas y lloró sin consuelo durante unos interminables minutos para desazón del resto del elenco; “no podía parar de llorar”, nos dijo. O en otra ocasión, cuando regrababan la voz de Pedro frente a la tumba de su abuela (Sara García), el brazo del micrófono, que estaba mal, se fue bajando y bajando, pero Pedro nunca dejó de cantar, también bajaba. Cantó la canción enterita, y muy bien, pero terminó con un cachete a ras del suelo. Todos lo aplaudieron a rabiar.

Si Esperón solo hubiera escrito canciones como: “Ay! Jalisco, no te rajes”, “Amorcito Corazón”, “Flor de Azalea”, serían suficientes clásicos para hacerlo inmortal”, pero resulta que también escribió “No Volveré” (te lo juro por dios que me mira), “Serenata Tapatía”, “Cocula”, “La Mujer del Puerto”, “Traigo un Amor”, “Noche Plateada”, “A la Orilla del Mar”, “Un Tequila con Limón”, “Arandas”, “Mi Cariñito”, “Maldita sea mi Suerte”, “Yo Soy Mexicano”, “Maigualida,” “El Apagón”, “Mía”, hasta completar alrededor de 500 canciones grabadas.

Y así se pasó la hora de Caminos de Ayer volando. Desde esa noche escucho Flor de Azalea (la vida en tu torrente te arrancó) con distinta óptica, pues nos contó cómo fue que la hizo. Don Manuel murió en 2011 a los 99 años de edad.



Fotos del Instituto Mexicano de Cinematografía, Imcine



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jueves, 5 de octubre de 2017

Memoria y alcoholismo


Las pancitas fueron ley para ese fuereño con muy malos hábitos alimenticios. En Cuauhtémoc, como adolescentes candidatos a alcohólicos, preferíamos el caldo de camarón, que se hace con camarón seco y chile de árbol. Definitivamente te levanta al día siguiente de una borrachera. Es un martillazo en el estómago y el golpe químico de una enchilada memorable. Se te incendia la boca y el cerebro se achispa. Es un estimulante para seguir adelante y comerse otro caldo de camarón. Páseme una cervecita, doña Chole. Porque siempre fueron buenas mujeres las que nos servían maternalmente las pancitas. Nos trataban como a sus hijos. Igual en Xochimilco o en el metro Portales, en Tlalpan, en Azcapotzalco, hasta donde acudimos varias veces exclusivamente a atravesarnos una pancita.

En una ocasión me desperté a las tres de la tarde de un domingo cualquiera al cabo de una larga juerga. Tenía 25 años, mi propio departamento y un empleo fijo en la burocracia. El viernes a mediodía había ingerido la última comida, calculé. Estaba hecho un desastre. Me bañé y me vestí. Aunque era tarde, tal vez estaría abierto aún con la señito de Zapata, en la Portales, donde vivía solo. Nomás de verme comprendió mi estado y me sirvió una pancita acompañada de una cerveza. Le di dos traguitos. A la cerveza. No podía ni hablar de lo mal que estaba. Con ademanes le dije que no podía comer, que no podía ni hablar, que no había probado la pancita. Ella me dijo que estaba bien, que después nos veríamos.

La era de la pancita fue un largo periodo de fines de semana. No siempre con ese nivel de deterioro, que recuerdo como memorable y aleccionador, que ilustra una de mis peores facetas de alcoholismo juvenil que ahora miro con tristeza en las calles: adolescentes alcoholizados por una mala educación etílica. Nos venden armas para la guerra pero no nos enseñan a pelear. Duré los siguientes años consumiendo alcohol al menos una vez a la semana, hasta que algo maduró, se añejó, molestó, afectó.

Mi alcoholismo juvenil lo recuerdo placentero y sin consecuencias sociales en su mayor parte, ni peleas, ni necedades borrachiles insoportables. Un buen  joven alcohólico, como tantos, que vivió algunas borracheras que no podrían poner orgulloso a nadie. Tiempos de vomitadas, mareos, extravíos; cuando caía en el abismo de la embriaguez, orinando a tumbos en algún baño (o en algún árbol), la luna plateada, el generoso clima del CDMX, el descarrío del foco, el sueño profundo cuando caía en la cama (con los pupilentes puestos); las botas apretadas hasta el amanecer y una incontrolable, antológica sed. Mucha sed, una sed indómita, inaplazable, la boca seca hasta el estómago, la lengua acartonada, vahídos que mueven las paredes y el suelo, náuseas. Otra vez el vómito. Era el pozo de los placeres demasiado humanos.

La embriaguez era una fiesta. No había fiesta sin embriaguez. Entonces, para ir a una fiesta, lo primero era prever que no faltara alcohol; era un detalle indispensable. Para asegurarlo empezaba a tomar unas horas antes para llegar alegre, sociable. A las fiestas había que llegar prendidito y ubicar rápidamente la cocina para garantizar acceso a la botella. Bailaba mucho, sudaba más. El alcohol se asimilaba y podías seguir bailando y tomando toda la noche, hasta el amanecer, cuando ya había salido el sol. Tanto en la burocracia en donde trabajaba como en la universidad, en mi familia, con mis amigos, maestros y vecinos, ya que todos, más o menos, según recuerdo, éramos alcohólicos.
Qué vida y qué aguante. Lo recuerdo con gusto pero no lo extraño en absoluto.

Borrachos sociales que no tienen tanto que ver con las fechas y las modas como con las edades. Hay una edad en la que se toma de más. Son los borrachos sociales, los normales, comunes y corrientes, que en México son algo abundantes. Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud muestra que los mexicanos entre 20 y 40 años de edad consumen 13 litros al año (12 en Argentina, 11 en Brasil, 21 en Honduras)

La Quinta Encuesta Nacional de Adicciones reveló que 27 millones de mexicanos de entre 12 y 65 años beben hasta cinco copas por vez, cuatro si son mujeres. Los que se pasan del nivel social al clínico, representan el diez por ciento de la población, uno de cada 10 hombres, con menor incidencia en las mujeres. No es que quiera curarme en salud ni salir con el refrán  de “mal de muchos…” Lo que quiero expresar es que mi alcoholismo social fue el de nueve de cada diez amigos que tuve, según las estadísticas, pero según mi recuerdo eran diez de cada diez.*
               
En una ocasión fui expulsado de una fiesta. En esa ocasión era parte de una tribu de jóvenes vándalos destructores de convencionalismos, de algunos jarros y quizás de algún vidrio. Pero la frase clásica de aquella fiesta no la dije yo, sino una querida amiga, que lo resume todo:

-          ¡Pélate René! –que acababa de chocar un Jaguar. A mí me faltaba el zapato derecho. Abrieron la puerta diez centímetros y me lo pasaron. Nos fuimos, pero eso sí, con la hija de la familia que nos había invitado a su fiesta.

Lo único que tengo que reclamarle a la embriaguez es que carece de memoria heroica, y son más los recuerdos negativos o nebulosos que los que tienen derecho a ser redimidos como recuerdos memorables. Cualquier plétora es psicoanálisis o enfermedad clínica, cuando tienen que revivirte en el hospital de una congestión y te mandan derechito a doble A, a que termines de mancharte de culpas hasta que la fortuna de la fe te restaura. No llegué a ese grado en esos largos años entre mis veintes y treintas. Choqué, fui imprudente, etcétera, pero nunca un enfermo incontrolado, un paciente clínico. Siempre tuve un trabajo, siempre estuve en la universidad. No pasé del nivel Pancita de la señito de la esquina. Pero estuve cerca.

 La anécdota del Neruda briago, orinando en un arbolito afuera de un restaurante de la campiña francesa, contada por Jorge Edwars que lo acompañaba, puede ser agradable e incluso histórica, porque en realidad Neruda no le hizo daño a nadie y es breve, sucedánea, peripatética.

En resumen, hay poco qué contar de la embriaguez, se rescatan muy pocas imágenes vívidas, con buena resolución. Es una conversación que los alcohólicos miran fuera de foco. Bajo el volcán. Sería como repetir la Fiesta de Heminway al infinito. O peor, podríamos reescribir a Bukowski y terminar orinándonos sobre el atónito lector.

Ser alcohólico en México no es excepcional, es normal cuando se tiene menos de cincuenta. Es decir, de los 12 litros de alcohol que nos tocan per cápita en México, hoy, mis doce se los toma alguno de los bebedores de entre esas edades. Eso no es curarse en salud, sino aumentar mi preocupación en el consumo que nuestros hijos hacen del alcohol. Que sirva de algo la experiencia, porque ya sabemos que nadie experimenta en cabeza ajena.


* Nexos, Fecha: 01/05/2009, DOS ARTÍCULOS: Topografía etílica mexicana de César Blanco, Brebajes de la muerte de David Aponte.



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sábado, 30 de septiembre de 2017

Yo debí haberme rebelado

Rosita Gastelum me recibió gracias a su hija Rosa que hizo el contacto y nos reunió en la cocina de su casa en el barrio de San Antonio. Ahora se ha rebelado contra la opresión, pero a sus más de ochenta años tal vez sea demasiado tarde. Hoy nadie la reprime ni la explota, tiene tanta libertad que hasta es capaz de recordar su historia sin rencor… Bueno, sin mucho rencor. Este testimonio forma parte de mi último libro llamado El Club de los recuerdos, una alegoría sobre la memoria poblana que muy pronto verá la luz.


Fui una niña muy obediente, muy bien portada y muy babosa. Ahora comprendo –demasiado tarde–, que debía yo de haberme rebelado, haber protestado porque aparte de eso, de ser sirvienta de mis tíos, el maltrato que me daban. Me refugiaba en la religión, que me dio el consuelo de decir hay un Dios que me ayuda. Yo tuve muchos problemas. Sobre todo porque yo había salido del Colegio Salesiano, donde estuve dos años, y yo, según mi mamá, iba a seguir estudiando, y después ¿qué me tocó? nada.

Cuando yo vine de México -donde viví dos años- le dije a mi tía, voy a la Cruz Roja a ver si hay algún curso, no me dijo que no. Entonces estaban dando primeros auxilios, y allí me quedé una temporada, después de eso el doctor Espinoza pidió a la Cruz Roja dos enfermeras, y ahí me tocó a mí, y me fui a trabajar al sanatorio. Pero cuando me casé don Carlos ya no me dejó. Me conoció cuando yo estaba en el sanatorio, ya después no quiso.
Lo conocí en esta misma casa, en un departamento de aquí mismo. Ahí vivía una señora que trabajaba en una fábrica, era remalladora. Una fábrica de por Santiago. Y Carlos estaba en esa fábrica, pero en los telares, y era muy amigo de la señora. Una vez que yo bajé a inyectarle a su niño él estaba ahí porque venía a devolver la llave del zaguán, que la señora le había prestado y ya, empezamos a platicar y poco a poco me invitó al cine. Y como entonces yo ya había regresado de México, y ya me dejaban salir un poco, acepté la invitación.

Con  Carlos la cosa fue diferente, aunque no mucho, (je je), porque él todavía era de las personas que: “ya quiero comer”, si no había comida ay mamá, me iba un poquito mal. Y luego le decía yo: “pues no hay comida, no hice comida”. Se requete enojaba, me regañaba, bueno...

Los jueves íbamos al zócalo, y ahí nos reuníamos en el kiosco a oír la música, jueves y domingo, la orquesta del estado, uniformados. Tocaban valses. Era bonito. La gente era muy apacible, muy humana. Ya casados íbamos a las lunadas a Agua Azul, a El Retiro con la orquesta de Agustín Lara, muy bonita orquesta. Tocaban en El Retiro, al costado de la casa de Gutierritos, en la 21 Poniente y 16 de septiembre.

¡Para qué la acepté!, porque vivimos cincuenta años, de sirvienta otra vez, pero por lo menos ya tenía yo a quién servirles, a mis hijos. Sin embargo, fue muy poco variante a mi vida anterior. Y luego como su mamá, en paz descanse, y sus hermanas, porque vivía entre puras mujeres, él era el pequeño, no lo dejaban hacer nada. “Dale de comida a tu hermano, lávale la ropa a tu hermano. Pon de cabeza a tu hermano”. Así es de que él, niño, y después joven, no sabía nada. Hay que lavar trastes y trataba de acomedirse. “No no, ese es trabajo de mujeres, no de hombres”. Cumplió la edad y se puso a trabajar, no le quedó otro remedio. Pero por mucho que haya yo cambiado de manera de pensar siempre fui la misma babosa, porque nunca me defendí. Alguna ocasión llegué a decirle algo que no me parecía, pero no, él siempre salía ganando con su manera de ser, y con tal de no pelear, mejor me callaba.


Mis hijos nacieron en el sanatorio, Rosita y Carlos, dos nada más. Una familia pequeña para la época, pero no estaba dispuesta a ser como su hermana de Carlos, que tuvo doce. Yo dije “dos”. Nomás tuve dos y pare de contar. Cuando su hermana Soledad venía a visitarme me decía: “deme usted el remedio para no tener más hijos, Rosita”. Yo le decía: “yo no sé, porque me la dio un doctor”, (mentiras, pero bueno), le decía: “pídaselo usted al doctor”. Y la pobrecita, obediente, fue a pedírselo al doctor. Salió regañada, pero regañada con ganas ¿eh? Yo creo que le dijo que era pecado. 

Acudí al señor cura a recibir consejo, porque yo ya no aguantaba la situación, tanto la económica como la otra. Y mi hijo estaba en el centro escolar San Aparicio y ahí había un director espiritual y un día le dije: “dile al padre Félix que quiero platicar con él”. Bueno. Viene mi hijo y me dice: “te espera el jueves a las cinco de la tarde en Catedral”. Ay, para qué hablé, pero ni modo. Y fui. Le dije cuál era mi problema y me dijo: “para esos problemas no creo que usted sea la única. En la sociedad se da mucho mucho lo que le voy a decir. En la sociedad por “el qué dirán”, precisamente por el lugar que ocupan tan honorables las parejas, no se separan, pero sí hay una separación de cuerpos, y usted puede hacer lo mismo”. 

Pues sí, como me lo dijo el curita lo hice, pero me fue como en feria. Por poco y salgo con mi maleta para allá afuera. Pasó el tiempo, nos acostumbramos y vivimos mejor, más como hermanos que como pareja.

jueves, 14 de septiembre de 2017

El malestar del bienestar


En 2004 me dio varicela. Estaba a punto de cumplir 47 años. El virus inoculó primero a las niñas, y un día antes de viajar a la sierra norte de Puebla, una alta temperatura y un malestar general inundaron cada célula de mi cuerpo. Me inoculó a mí. A la semana mi cuerpo entero ostentaba cientos de granos que no me podía rascar bajo amenaza de quedar como López Dóriga. Estaba profundamente debilitado, lloré con un comercial de un brandy donde el hijo llevaba al padre una botella con motivo de su cumpleaños, o algo así. Lo que sigue es una trascripción de escritos hechos en el rigor de los 39 grados, en medio de la enfermedad, cuyo embate duró más o menos una semana, que fue cuando realicé también esos dibujos.


“Cuando entré por primera vez a un maizal me sorprendió la hostilidad de los surcos. Eran mucho más grandes y lodosos de lo que hubiera imaginado. Esa imagen vuelve una y otra vez, cuando miro la condición de mi cabeza.”


“Al tercer día la cabeza es el tema. Los sudores de la fiebre fluyen por los granos capilares. Era ahí donde crece el maíz, la enfermedad tiene matices místicos. Se me apareció Juan Diego, como dicen.”



“Cosas tan elementales como rascarse la nariz, un ojo, una oreja o simplemente tragar saliva se convierten en toda una maniobra.”


Insistía en una analogía con La Pasión de Cristo de Mel Gibson, estrenada ese año.

“El Cristo de Mel Gibson perfectamente representado por un virus. La espalda y el pecho masacrados, la cara una máscara de granos que no respetan ni los lagrimales, el interior de los párpados, ampliamente la mucosa nasal. Y la nariz, en su exterior, convertida en una tuna espinosa. Sobre la fosa nasal derecha una galaxia granulosa. El masacrado Cristo de Gibson, en toda su crudeza, representado por el cuerpo de un señor que resulta ser yo. Sin menoscabo de su sufrimiento, los latigazos de la varicela no respetaron tampoco el ano, el escroto, las axilas y todas las coyunturas.”


“El jueves era aún un exitoso moribundo, cuando el sufriente cree seriamente en ese trágico destino. El viernes, vigilado por la fría y pragmática ciencia, no soy más que un patético bufón desfigurado.”

“El malestar del bienestar. Luego de cuatro días, cuando el heroico cuerpo ha soportado los principales embates del virus, sobreviene el sueño, por fin, y la fiebre de efectos secundarios, el consentido hijo que todos tenemos en nuestro estuche corporal se cobra, casi hasta el desmayo, la carencia de sueño, de alimento, de estreñimiento, noqueándome las siguientes doce horas.”


“Desde niño no había vivido una fiebre alucinatoria. Mis monstruos actuales son los mismos, esas cosas pegajosas que veía en los calenturones que me dieron a mis ocho, once años. No era algo que entonces pudiera explicar, hoy tampoco puedo hacerlo, son monstruos que no puedo explicar.”


miércoles, 6 de septiembre de 2017

Desdeño para el diseño


En 1979 la UAM-Xochimilco era una unidad recién inaugurada, quedaba en las márgenes de Xochimilco justo en los límites de Chimalhuacán, frente al canal de Chalco que va y desemboca en Cuemanco. Todavía está ahí, claro, pero ahora la urbanización ocupa todo, antes estaba vacío, el campus estaba apartado, no tenía las colonias encima como ocurre hoy.

El sistema modular de educación de la carrera de Diseño Gráfico de la Comunicación, como se llamaba, me decepcionó desde los primeros días, pues se trataba de enfocar nuestras carreras a la sociología, cuando lo que yo esperaba era dibujar sin fin sobre papeles en un restirador. Lo hicimos muy parcialmente, pues estuvimos tirando líneas verticales sobre cartulinas en una materia de dibujo, mientras que las otras cinco consistían en leer un volumen de historia y sociología bastante bien hecho, pero insuficiente para interesar a aquellos estudiantes en esos temas, pues tenían, incluidos los maestros, mentalidad de ingenieros, muy técnicos y poco preparados para la ciencia social.  Pero mal que bien yo traía tres años de historia y sociología marxista de la UNAM, donde cursé la carrera de Estudios Latinoamericanos en Filosofía y Letras, por lo que resulté el tuerto en la tierra de los ciegos.

Como seguramente había pocos maestros, eran los propios arquitectos y diseñadores los encargados de darnos las materias de sociología. Al menos uno de ellos me agarró de su changuito y me puso a dar las clases de historia y de sociología. A mí me resultaba divertido, pero a mis pobres compañeros no.

De la UAM saqué en limpio un mejor pulso para dibujar con ese ejercicio que repetimos todo un año y un poco de práctica para mi futuro empleo de profesor. Calificación 10.
Tuve que abandonar mis estudios por un infortunado accidente automovilístico que me dejó sin vehículo y sin trabajo, pues entonces vivía en Tlalmanalco, hogar de mi hermano Jaime, un antiguo pueblo situado entre Chalco y Amecameca, y trabajaba en la compañía Dupresa, fábrica de durmientes de concreto para ferrocarril, que estaba en Santa Catarina Yecahuizotl, junto a la autopista a Puebla, en el límite sur de la ciudad de México, mientras que estudiaba en Xochimilco.

Una cosa estaba ligada a la otra y,  al prescindir de automóvil, me fue imposible sostener mis otras dos actividades. Sin trabajo no podía pagar la colegiatura, que no era precisamente barata, y sin carro no podía llegar a la escuela.


Como querer es poder, pienso ahora que pude seguir estudiando, pero en realidad la principal causa del abandono fue mi decepción de la academia de Diseño Gráfico de la Comunicación en la UAM, que me pareció mediocre, no le di chance a la carrera de mostrar sus bondades, como supe después que las tenía, me aceleré y la deseché con olímpico y juvenil desprecio. Caro lo habría de pagar, pues me hubiera gustado acabar siendo diseñador, pero la vida es así. Y tienes que comprenderla. 

miércoles, 30 de agosto de 2017

La reja del muerto


En este barrio de San Pedro Cholula, llamado San Gregorio Zecapechpan, hay una leyenda -que amablemente me cuenta Emilio Ramiro-, que tiene que ver con el antiguo panteón y una serie de robos que ocurrieron en tiempos de la colonia. Los vecinos, cansados de que las tumbas de sus muertos aparecieran saqueadas cada tercer día, decidieron montar guardias vecinales en las noches para ahuyentar a los ladrones.

Así pasaron los meses y los vecinos no pudieron aprehender a nadie, pero los robos a las tumbas seguían sucediendo sin ninguna explicación. Comenzaron a circular rumores de que se trataba de espíritus malignos que robaban con una intención desconocida. Desaparecían los cristos de hierro, la cantera y hasta la herrería que protegía a las tumbas.
Una noche, en medio de un torrencial aguacero, los ladrones vivos o fantasmales se llevaron las rejas que rodeaban la tumba de un personaje que era un vecino conocido y respetado por todos, un hombre noble que se distinguió como un buen cristiano y una buena persona. Pasaron varios días con los vecinos de San Gregorio extrañados y confundidos por tantos eventos inexplicables. Una noche, en medio de los truenos de una tormenta eléctrica, los vecinos escuchaban unos gritos que no supieron ni quisieron interpretar. La mayoría se santiguó y siguió haciendo sus deberes, pero al terminar la lluvia con sus truenos los gritos continuaron, y cada vez más los interpretaban como gritos humanos.

Cuando escampó completamente, los vecinos de San Gregorio percibieron que los gritos provenían de una esquina del panteón y, en bola, se acercaron a investigar. Cuál fue su sorpresa de ver a dos hombres encerrados entre unas rejas que no estaban allí pero que ahora funcionaban como una minúscula cárcel con ese par de ladronzuelos que lloraban y confesaban sus culpas, prometiendo no volver a pararse por ahí, pues en el panteón de San Gregorio espantaban.


Los ladrones, que no eran vecinos, fueron entregados a las autoridades y confesaron solo algunos de los robos, el resto de las desapariciones quedó en el misterio. De cualquier forma, los habitantes de San Gregorio Zecapechpan supieron que una fuerza superior también se había cansado de los robos y había decidido actuar. Con ese susto bastó para que los robos se suspendieran, de esta forma los muertitos y los habitantes de San Gregorio pudieron descansar en paz.